Blake Edwards (1922-2010): El hombre que sabía demasiado

Publicado en Artes y Letras, 19 de diciembre 2010

Dudley Moore en una foto promocional de La mujer 10

El jueves murió un gran hombre llamado Blake Edwards. Tenía 88 años, dos matrimonios, cuatro hijos y había dirigido algunas de las comedias más memorables jamás filmadas. No fue una mala vida, y quienes nos hemos reído y emocionado con sus películas tenemos hacia él una profunda gratitud por el placer que nos regaló.

Edwards fue un director que siempre trabajó al interior de los estudios de Hollywood. Ellos fueron su fortaleza pero también su condena. Mientras estuvo congraciado con la industria y el público pudo filmar joyas como Desayuno en Tiffanys (1961), La fiesta inolvidable (1968) y algunas de sus mejores Pantera Rosa.

Pero cuando tuvo fracasos, y los tuvo en abundancia, debió que batallar en proyectos que no encontraban financiamiento y enfrentar el abierto menosprecio de sus habilidades cinematográficas, así como intervenciones y pellejerías de todo orden en una industria con poca memoria, al punto que arrancó a Europa como una forma de liberarse de la mediocridad que lo rodeaba. No poco de eso está reflejado en la cómica pero amarga S.O.B., de 1981. Pero persistió y llegó a tener un último, y generoso, periodo de productividad al acercarse y pasar los sesenta años de edad, que comenzó con la inolvidable La mujer diez (1979) y siguió con, entre otras cosas, Victor Victoria (1982), Micki and Maude (1984), Cita a ciegas (1987) y El mujeriego (1989).

Edwards es uno de los últimos directores clásicos. Creyó siempre en la composición del encuadre, en los planos abiertos pretelevisivos, en los travelings y el montaje pausado, en el relato lineal, en el humor visual, en el poder del diálogo ingenioso y elegante. Hizo un cine de apariencia tradicional, muy estilizado, donde, especialmente en su primera etapa, abundaban las mujeres bien vestidas, los autos deportivos, los ambientes sofisticados. Incluso rescató mucho de la comedia slaptick, esto es, la comedia de cachetadas, de humor físico, de gags, de tallas, que reinó durante el cine mudo. Su linaje cinematográfico provenía de Ernest Lubitsch y seguía con Billy Wilder, pero, como bien lo describió en 1968 el crítico Andrew Sarris, terminó por separarse en un camino propio:

“Edwards es de una cepa más nueva, post Hitler, post Freud, post mala leche, con el sentimentalismo pegajoso de la música electrónica. El mundo que celebra es frío, sin corazón e inhumano, pero la gente en él se las arregla para preservar una propia integridad e individualidad”.

Frente al cine clásico, más sereno, rectilíneo y racional, Edwards ofrece desencanto, curvas, desestabilidad, humor corrosivo y a veces cruel. En sus películas parece que el mundo estuviera siempre a punto de desarmarse, de quebrarse; las certezas se disuelven y los personajes abandonaron su sensatez, aunque, al mismo tiempo, luchan por recuperar algún resto de coherencia interna.

El problema es que cuando Edwards estaba filmando la comiquísima La fiesta inolvidable, John Cassavettes, apenas siete años menor, ya estaba estrenando su sexta película, Faces. Scorsese estaba en los comienzos de su carrera con Who’s Knocking at my door. Y Goddard, si queremos reafirmar el punto definitivamente, ya había realizado prácticamente todas sus películas importantes. Al lado de estos revolucionarios de la forma, Edwards no pintaba precisamente como un vanguardista. Así, cayó en el medio de generaciones. No fue lo suficientemente viejo para que ser rescatado por la crítica del Cahiers du Cinéma, ni lo suficientemente joven para integrarse a la ola de Coppola, Scorsese, De Palma, Bogdanovich, Ashby y Arthur Penn, los grandes nombres que marcaron el cine de los setenta.

El Edwards tardío, sin embargo, aunque nunca intentó pasarse de listo y subirse al carro de los nuevos estilos, se abrió a un cine más personal, donde se acercó al realismo, la crítica social y los dilemas de su entorno. Esa línea de películas, menos estilizadas y más carnales, tienen una apertura perfecta con La mujer diez. La cinta, un enorme éxito de taquilla que hizo de Bo Derek el ícono sexual de los ochenta, tiene su verdadera estrella en Dudley Moore, que interpreta a un hombre en la crisis de la mediana edad, que se enamora de un bombón de veinteytantos. Alcohólico, insatisfecho, tímido pero persistente, es la encarnación del hombre enfrentado a deseos que lo sobrepasan, lo superan y le hacen arriesgar la vida solo para después dejarlo botado, decepcionado, a la deriva. Las mujeres de Edwards rara vez se vieron así de perdidas: son fuertes, claras, intensas, enteras, apasionadas. Los hombres, en cambio, son tomados por demonios que los llevan a las orillas mismas de la disolución, desde donde tienen que nadar de vuelta, a duras penas, hasta un lugar donde puedan respirar medianamente a salvo. Si eso no es una reflexión sobre el macho contemporáneo, es dificil saber qué los es. El chiste es que Edwards sabía contar este doloroso proceso entre enredos y risas, como quien no quiere la cosa, con la levedad de la verdadera gracia.

Una respuesta to “Blake Edwards (1922-2010): El hombre que sabía demasiado”

  1. plared Says:

    Un gran director, recordado principalmente por sus comedias. Quizas ese sea su mayor lastre, un genero considerado por una gran parte de la critica menor. Saludos

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