Caballo de guerra / War Horse


Grande por fuera, pequeña por dentro
(Publicado en el Artes y Letras, 12 de febrero, 2012)

Por Ernesto Ayala
En Caballo de guerra, Steven Spielberg trata de filmar un John Ford. Esa sería la manera más fácil de sintetizarlo. La historia del joven Albert, el hijo de un granjero inglés, que cría y se enamora de un espléndido caballo al que llama Joey, buscar tener el registro legendario, heroico y humanista que caracterizó el cine de Ford. Albert y Joey se separan cuando estalla la Primera Guerra Mundial y mientras seguimos a Joey atravesando campos de batalla entre oficiales ingleses, soldados alemanes y campesinos franceses, en una ruta en que la amistad y los lazos de sangre son aplastados por la máquina de la guerra, adivinamos que el joven Albert se hará voluntario para ir en busca de Joey. La cinta no se detiene demasiado a juzgar entre buenos y malos, ya que muestra que a ambos lados del la guerra hay gente que siente y que quiere, lo que por supuesto incluye a Joey y a un caballo negro –también inglés– al que protege con sus gestos de caballo.

Sí, Caballo de guerra es una película que buscar ponernos en ella vena del drama humanista y noble, con una fotografía suntuosa, una música augusta y omnipresente y la sucesión de pequeñas épicas individuales. A través de estas distintas historia, donde Joey suele estar en el centro de la acción, vemos a hombres que se dejan llevar por sus emociones, arrebatados por la pasión del momento, sin medir ni considerar las consecuencias de sus actos, con resultados a veces fatídicos, pero muchas veces triunfales. No es raro. Para Spielberg, un hombre que ha hecho una exitosa carrera en una industria donde las ideas y las búsquedas personales se suelen doblegar a las exigencias del posicionamiento publicitario y el marketing, dejarse llevar por la pasión, el arrebato y la belleza termina por ser quizás la máxima forma de heroísmo. No es muy distinto de nuestra vida contemporánea, donde las consideraciones prácticas y económicas parecen influir cada día más en nuestras decisiones respecto a la educación, el oficio, de quien somos amigos, con quien nos casamos o si tenemos o no tenemos hijos. Es un mundo frío, donde seguir el corazón requiere a veces grandes cuotas de arrojo.

Sin embargo, Spielberg, por mucho que se esfuerce, no es Ford, ni está mínimamente cerca de serlo. En Ford, el heroísmo no consiste en seguir las pasiones individuales sino en sobreponerse a ellas en vista de un fin mayor. En El hombre que mató a Liberty Valance, Tom (John Wayne) no solo ve cómo la mujer que secretamente ama prefiere a Ransom (James Stewart), sino que debe defenderlo cuando llega el momento del auténtico peligro. ¿Por qué lo hace? Porque respeta el coraje de Ransom, pero, por sobre todo, porque sabe que el abogado es un hombre de buen corazón y que el mundo de las leyes que él representa es un mundo mejor que el de las armas que Tom ha conocido hasta el momento. Hacer todo esto sin embargo le duele, y mucho, y no en vano quema la casa que construía para vivir con su adorada Hallie. No en vano, Ford es un cineasta con un poderoso sentido de lo comunitario, de lo cívico. Los protagonistas de Kurosawa muchas veces también tienen ese sentido mayor del heroísmo, el espíritu de postergarse silenciosamente por un bien más grande que sí mismo.

Spielberg, en cambio, no.

Hay que reconocer que hace un esfuerzo mayor por darle un aliento legendario a la narración de Caballo de guerra. Hay incluso bastante valentía en recurrir a imágenes candorosas y anacrónicas, como refulgientes puestas de sol o verdes pastizales, tan candorosas a veces como el mismo protagonista. Es como si Spielberg quisiera rescatar un cine menos desencantado y autoconsciente para dotarlo de la fuerza que perdió al ganar ese desecanto y esa autoconsciencia, la fuerza que poseía el antiguo western o las clásicas películas de guerra. La sensación final, sin embargo, es que el director, pese a tener aciertos aquí y allá, no es capaz de ir más allá del rescate formal, que sus personajes sólo pueden ser heróicos de una manera limitada, arbitraria, egoísta incluso. Pero el heroísmo pequeño, al final, no es heroísmo.

Caballo de guerra
War horse
Dirigida por Steven Spielberg
Con Jeremy Irvine, Peter Mullan y Emily Watson
Estados Unidos, 2011
146 minutos

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