El padrino / The Godfather


Lealtad que no perdona

Por Ernesto Ayala
(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, el 11 de marzo, 2012)

Aunque la ocasión del reestreno de El padrino (1972) no sólo lo amerita sino que lo exige, cuesta sintetizar en palabras una admiración que ha atravesado más de 20 años de la vida personal. ¿Por dónde empezar con esta película perfecta, enorme, melancólica, terrible, enigmática e inabarcable sin llenar este comentario de adjetivos hiperbólicos y rebuscados como los recién escritos? Por lo demás, ¿quién no ha visto El padrino a esta altura del partido? Y en este caso, verla es apreciarla. El padrino, a diferencia de otras películas fundamentales del cine, a diferencia de otras obras maestras del siglo XX, no requiere introducción ni explicación alguna: funciona solita, sin contextualización, sin necesidad de conocer la historia del cine ni la más mínima teoría del arte; sin esfuerzo alguno de parte del espectador, que, capturado por una narración firme pero casi invisible termina viajando por las casi tres horas de metraje sin la más mínima ocasión de protesta. De hecho, al contrario de las cintas de Tarkovski, las instalaciones de Beuys o la lectura de Beckett, esta película de Francis Ford Coppola no exige someterse un lenguaje particular para acceder a su grandeza. Está ahí, a flor de piel, tan a mano que, por momentos, cuesta creerlo.

Esta accesibilidad, sin embargo, llama a engaño cuando se trata de dar con las lecturas con que uno –como espectador, como crítico o como simple fan (y posiblemente todas las cosas a la vez)– trata de explicar el magnetismo último de la película. En apariencia, El padrino parece una cinta sobre la familia, donde un padre que le entrega el negocio familiar a un hijo renuente a tomarlo. En otro plano, parece una cinta sobre la verdad detrás del sueño americano. Con más certeza se puede leer como una cinta sobre las dinámicas de la autoridad y el poder. Sin embargo, sin desmerecer estas lecturas, pienso que, en última instancia, es una película sobre la lealtad.

Por un lado, es sobre lealtad que demanda el poder a cambio de su protección, una lealtad tan exigente que toda traición genera una muerte y se paga con otra. La traición de Carlo (Gianni Russo), que permite el asesinato de Sonny (James Caan) en el peaje de la autopista, lleva a Michael (Al Pacino) a dejar viuda a su hermana y sin padre a su ahijado. La traición de Tessio (Abe Vigoda), que tenía por fin asesinar a Michael, le cuesta su propia muerte. Y son muchas más: a lo largo de El padrino, no hay deslealtad sin muerte.

Sin embargo, las lealtades afectivas son tanto o más duras. Todo El padrino 1 puede verse como la historia de un hijo, Michael, que trata de ser más que el padre, lo que en este caso significa convertirse en un hombre honrado, universitario, héroe de guerra. Pero en última instancia, el amor al padre y la lealtad invisible e inconsciente que nace de este amor, le impide superarlo, ponerse en lugar superior, y termina por asumir exactamente el mismo destino del padre. Es interesante y terrible a la vez como Michael, que en un principio es un joven contenido pero alegre, comienza a ponerse cada vez mas taciturno y ausente a medida que se asume el rol de su padre. El poder, en vez de inflamarlo y darle seguridad, comienza, como una fuerza centrípeta, como un agujero negro, a hacerlo cada más introspectivo, más frío, más impermeable. Al principio de la cinta, durante el matrimonio de su hermana Connie, Michael le cuenta a Kay (Diane Keaton), su novia, la historia de cómo Johnny Fontane pudo convertirse en un cantante exitoso, un relato macabro que involucra a su padre, a un productor y a Luca Brasi (Lenny Montana) amenazando al productor con volar sus sesos sobre un contrato. Es una historia verdadera, que Michael relata con cierta distancia. Al final de la cinta, el mismo Michael, ahora impávido, sin titubear, frente a la misma Kay, que ahora es su esposa, miente al negar su participación en la muerte de Carlo. A continuación, en los últimos planos de la cinta, Kay ve como se cierra la puerta del despacho de su marido y con ello toda posibilidad de auténtica comunicación o intimidad. Para Michael, el amor hacia su padre, una lealtad profunda y quizás mal entendida, se termina por convertir en su lugar de encierro, en su fortaleza de soledad, en un destino incorregible. Si eso no es una tragedia, que más podría serlo.

PD: Reconozco que este comentario fue escrito sin ver la versión en pantalla grande. Pero después la vi. De ella hay mucho que decir, pero lo principal puede ser esto: es un placer mayor, ya que los claros oscuros creados por Gordon Willis realmente son violentos y dramáticos y es real que hay escenas en que no vemos los ojos de los personajes, lo que crea un efecto que aun funciona en plenitud. Lo segundo es el sonido: yo nunca había escuchado El Padrino con esa nitidez. El placer que provoca la copia en pantalla grande, lo repito, es mayor.

El padrino.
Dirigida por Francis Ford Coppola
Con Marlon Brando, Al Pacino y Robert Duvall.
Estado Unidos, 1972
173 minutos

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