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Metro cuadrado / Soledad en pareja

junio 12, 2011

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, el 12 de junio de 2011)

Metro cuadrado puede ser una de las sorpresas cinematográficas en lo que va del año. Corta, de estreno en una sola sala, filmada casi por entera en un departamento de la calle Mosqueto, pinta por fuera como el típico trabajo de graduación de un estudiante de cine. En realidad, es muchísimo más. La anécdota tampoco la describe del todo: una pareja de joven se acaba de mover a su departamento, y mientras pasan los días y aún desembalan cosas, la relación comienza a mostrar quiebres. Contada así, la estructura hace pensar en la clásica obra de teatro de living, donde los personajes se reúnen mientras esperan –algo o a alguien– y en la reunión se revelan las heridas, tragedias y rencores que se esconden bajo la amable apariencia burguesa. No, aquí no hay secretos atroces, ni confesiones dolorosas. Sólo un inasible vacío, un desgaste inconfesado e inmombrado y, por lo mismo, irremediable.

Francisca (Natalia Grez) se movió con Andrés (Álvaro Viguera) al departamento que alguna vez ocupó la mamá de Andrés (Consuelo Holzapfel). No está dicho, pero se puede deducir que sigue siendo el departamento de la suegra, y que ella se los arrienda más barato o se los presta. Andrés también arrastra una guapísima ex, Romina (Fernanda Urrejola), madre de su hijo. A esta ronda de personajes, que actúan como fantasmas al perturbar –o quizás revelar– el estado de la pareja, la misma Francisca aporta con su padre (Boris Quercia), un hombre herido, interiormente desfondado, y con Nico (Nicolás Poblete), un ex que todavía la busca. Mientras desarma cajas, la entrada y salida de estos personajes comienza a generar cierta desazón en Francisca, ya que son manifestaciones de la carga que ella y Andrés llevan a la relación, del pasado que arrastran y del que ni siquiera se atreven a conversar lo mínimo porque sería romper cierta “buena onda” que tratan de tener al respecto. Francisca y Andrés debieran estar con la energía de una pareja que comienza una nueva etapa, pero en lugar de eso parecen cansados, inmovilizados. La indiferencia de Andrés frente al abismo que se abre lentamente, en tanto, no hace más que producir más tristeza aún en Francisca.

Filmar todo esto de manera inteligente, sutil, sin énfasis melodramáticos, no es nada de sencillo, porque la acción es muy poca o muy leve, lo que deja poquísimo donde afirmarse. La directora chilena Nayra Ilic (1977), que debuta con este largometraje, sin embargo, sale muy bien parada del intento. Con planos abiertos, largos, que permiten que la realidad respire, logra crear un relato donde lo que se calla es tanto o más importante que lo que se dice, donde lo cinematográfico hace crecer lo apenas insinuado en el guión. La directora podría haber cometido el error, por ejemplo, de convertir el departamento en un lugar claustrofóbico, opresivo, pero, en lugar de eso, lo hace luminoso, limpio, agradable, disponible para la felicidad. La atmósfera que se acumula hacia el final de la cinta, sin embargo, termina por ser tristísima. Es Francisca y Andrés quienes no saben cómo encontrar su felicidad.

Hay algo de Carver en esta cinta, bastante de Escenas de la vida conyugal la famosa película de Bergman. Pero lo que cuenta Ilic es algo distinto de Carver o de Bergman. Ella pone a dos hijos de la burguesía chilena en un esfuerzo por iniciar una vida en común, pero que al parecer no tienen las herramientas para hacerlo. Están en pareja pero aislados por su historia. Metro cuadrado es una cinta sobre como uno puede estar en pareja y sentirse terriblemente solo al mismo tiempo. Hay que aplaudir que Ilic haya ido por este tema y, mejor aún, hay que aplaudir haya logrado capturarlo con éxito. Su película es contenida, enfocada, nítida y, ya está dicho, muy triste.

Metro cuadrado
Dirigida por Nayra Ilic
Con Natalia Grez, Alvaro Viguera y Fernanda Urrejola.
Chile 2011, 71 minutos
En exhibición sólo en el cine Arte Alameda.

Elogio a Kelly Reichardt

junio 1, 2011

Esta directora, aún poco conocida entre nosotros, es una de las voces más nítidas del cine norteamericano actual. Sus películas son difíciles pero no imposibles de encontrar. Ojo con ella.

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio,  el 29 de mayo, 2011)

Si una novela se cuenta a otra persona con demasiada facilidad existe una buena posibilidad de que no sea muy buena, ya que el auténtico corazón de la novela no está en la anécdota, en lo que sucede, sino en lo que queda entre las líneas, en lo que es innarrable más que a través de la novela misma. Lo mismo, creo, se aplica a la películas. Son logradas y mediocres no sólo por la historia que relatan sino porque logran o no trasmitir algo que sólo puede decirse a través del cine. Dicho de otra forma, una película potente es inimaginable en otro soporte. Las cintas de Kelly Reichardt (1964) buscan esa especificidad. Quizás no tienen una vocación masiva, pero nadie le puede negar la cinematográfica.

Old joy, de 2006, su segunda cinta, que vimos en Chile gracias al Sanfic, relata el encuentro de dos amigos que no se ven hace tiempo para ir de trekking a unas termas. No se ven hace tiempo no porque se hayan peleado sino simplemente porque ahora tienen estilos de vida distintos. Antes hacían estos paseos a cada rato, y discutían de política y se curaban, pero hoy el protagonista tiene una señora, un hijo y un trabajo. El otro sigue viviendo como siempre, sin trabajo, sin dinero, sin auto, con mucha libertad y mucho discurso. En el paseo mismo sucede poco: se pierden, duermen en un lugar horrible, luego dan con la ruta, caminan a través de un bosque, llegan a una termas solitarias. Lo importante, sin embargo, es todo de lo que no sea habla. La radio que suena con un debate político, el paisaje americano desdibujado, el paisaje americano aún intacto, caminar en el bosque, como el tiempo interviene sobre la amistad, como algunas cosas sobreviven. Reichardt filma sin énfasis, casi sin música, sin subrayar nada, dejando que las cosas se manifiesten sutilmente. Es una cinta triste y al mismo tiempo feliz, que te deja dando vuelta imágenes y sensaciones que se niegan a ser reducidas fácilmente.

En Wendy and Lucy, de 2008, que también llegó a Chile gracias al Sanfic, Reichardt vuelve a poner la acción en Oregon. Wendy (Michele Willlians) es una mujer en sus veintes, algo perdida, que va camino a Alaska con muy poco dinero. Lucy es su perra y su compañera. El auto se avería, Wendy se queda sin comida para Lucy y, por tratar de robar algo en el supermercado para ella, es apresada y la perra se pierde. Con un estilo que, de nuevo, es una suerte de actualización del neorealismo, Reichardt enfrenta los deseos de libertad y escape de Wendy con la precariedad de su realidad económica. Su inocencia se topa, a la vez, con un país desmembrado y algo demoníaco, que sin embargo aún manifiesta una humanidad no extinta del todo. Menos contemplativa que su cinta anterior, es más dura pero, además, triste de una manera difícil de explicar.

Meek’s Cutoff, su última cinta, de 2010, que ojalá que el próximo Sanfic logre traer, vuelve a Oregon, pero al Oregon de 1845. Sí, es un western, un giro radical en la corta obra de Reichardt. Basada en una historia real, cuenta la travesía de unos pioneros por un desierto, guiados por Sthepen Meek (Bruce Greenwood), que resultó no conocer el territorio como él decía hacerlo, con nefasta consecuencias. Ambientación de época, largos travellings, un reparto de conocidos secundarios, música incidental, estreno en la competencia oficial de Venecia 2010, ésta debe ser la cinta de más presupuesto de la directora. Con todo, sigue siendo muy Reichardt. Extremo realismo, montaje calmo y de pocos énfasis, atención al paisaje pero también a los detalles íntimos, una angustia muy concreta –en este caso la falta de agua– que genera tensión en un relato que, al mismo tiempo, termina por adquirir un aire abstracto, existencial, incluso bíblico. No en vano recuerda al cine de Malick. Quizás no es la cinta más emotiva de Reichardt, pero vuelve reiterar su interés por la tensión entre el paisaje americano y las personas por circulan por él; los conflictos entre el orden político/ecónomico y el individuo; las diferencias entre el sueño, la aspiración, y lo que la realidad finalmente permite; lo escaso que es al final el encuentro y la intimidad.