Elogio a Kelly Reichardt

Esta directora, aún poco conocida entre nosotros, es una de las voces más nítidas del cine norteamericano actual. Sus películas son difíciles pero no imposibles de encontrar. Ojo con ella.

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio,  el 29 de mayo, 2011)

Si una novela se cuenta a otra persona con demasiada facilidad existe una buena posibilidad de que no sea muy buena, ya que el auténtico corazón de la novela no está en la anécdota, en lo que sucede, sino en lo que queda entre las líneas, en lo que es innarrable más que a través de la novela misma. Lo mismo, creo, se aplica a la películas. Son logradas y mediocres no sólo por la historia que relatan sino porque logran o no trasmitir algo que sólo puede decirse a través del cine. Dicho de otra forma, una película potente es inimaginable en otro soporte. Las cintas de Kelly Reichardt (1964) buscan esa especificidad. Quizás no tienen una vocación masiva, pero nadie le puede negar la cinematográfica.

Old joy, de 2006, su segunda cinta, que vimos en Chile gracias al Sanfic, relata el encuentro de dos amigos que no se ven hace tiempo para ir de trekking a unas termas. No se ven hace tiempo no porque se hayan peleado sino simplemente porque ahora tienen estilos de vida distintos. Antes hacían estos paseos a cada rato, y discutían de política y se curaban, pero hoy el protagonista tiene una señora, un hijo y un trabajo. El otro sigue viviendo como siempre, sin trabajo, sin dinero, sin auto, con mucha libertad y mucho discurso. En el paseo mismo sucede poco: se pierden, duermen en un lugar horrible, luego dan con la ruta, caminan a través de un bosque, llegan a una termas solitarias. Lo importante, sin embargo, es todo de lo que no sea habla. La radio que suena con un debate político, el paisaje americano desdibujado, el paisaje americano aún intacto, caminar en el bosque, como el tiempo interviene sobre la amistad, como algunas cosas sobreviven. Reichardt filma sin énfasis, casi sin música, sin subrayar nada, dejando que las cosas se manifiesten sutilmente. Es una cinta triste y al mismo tiempo feliz, que te deja dando vuelta imágenes y sensaciones que se niegan a ser reducidas fácilmente.

En Wendy and Lucy, de 2008, que también llegó a Chile gracias al Sanfic, Reichardt vuelve a poner la acción en Oregon. Wendy (Michele Willlians) es una mujer en sus veintes, algo perdida, que va camino a Alaska con muy poco dinero. Lucy es su perra y su compañera. El auto se avería, Wendy se queda sin comida para Lucy y, por tratar de robar algo en el supermercado para ella, es apresada y la perra se pierde. Con un estilo que, de nuevo, es una suerte de actualización del neorealismo, Reichardt enfrenta los deseos de libertad y escape de Wendy con la precariedad de su realidad económica. Su inocencia se topa, a la vez, con un país desmembrado y algo demoníaco, que sin embargo aún manifiesta una humanidad no extinta del todo. Menos contemplativa que su cinta anterior, es más dura pero, además, triste de una manera difícil de explicar.

Meek’s Cutoff, su última cinta, de 2010, que ojalá que el próximo Sanfic logre traer, vuelve a Oregon, pero al Oregon de 1845. Sí, es un western, un giro radical en la corta obra de Reichardt. Basada en una historia real, cuenta la travesía de unos pioneros por un desierto, guiados por Sthepen Meek (Bruce Greenwood), que resultó no conocer el territorio como él decía hacerlo, con nefasta consecuencias. Ambientación de época, largos travellings, un reparto de conocidos secundarios, música incidental, estreno en la competencia oficial de Venecia 2010, ésta debe ser la cinta de más presupuesto de la directora. Con todo, sigue siendo muy Reichardt. Extremo realismo, montaje calmo y de pocos énfasis, atención al paisaje pero también a los detalles íntimos, una angustia muy concreta –en este caso la falta de agua– que genera tensión en un relato que, al mismo tiempo, termina por adquirir un aire abstracto, existencial, incluso bíblico. No en vano recuerda al cine de Malick. Quizás no es la cinta más emotiva de Reichardt, pero vuelve reiterar su interés por la tensión entre el paisaje americano y las personas por circulan por él; los conflictos entre el orden político/ecónomico y el individuo; las diferencias entre el sueño, la aspiración, y lo que la realidad finalmente permite; lo escaso que es al final el encuentro y la intimidad.

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