Crazy, Stupid, Love

Steve Carell y Julianne Moore como una pareja en crisis.

¿El amor es más fuerte?

(Publicado en Artes y Letras, el 21 de agosto, 2011)

¿Somos lo que parecemos? Quizás estamos más determinados por nuestro aspecto físico de lo que estamos dispuestos a reconocer. ¿Las largas piernas de Cameron Díaz, su melena rubia, su figura perfecta, su sonrisa-derriba-murallas no han tenido acaso una injerencia directa en que se haya convertido en un actriz juguetona, sexy, divertida y liviana? Una actriz tanto o más guapa, de su misma generación, como Gwyneth Paltrow, más pálida, más más flaca y débil, de ojos menos pícaros, ha optado, en cambio, por roles más introspectivos, melancólicos, trágicos. ¿O es nuestra personalidad la que adapta nuestro físico a sí misma? Uno tiende a creer en la preeminencia de lo físico, porque es más difícil de modificar, porque es lo que la gente primero ve de uno y, por lo tanto, determina la manera en que uno es tratado, lo que a su vez determina la forma en uno se entiende a sí mismo. Ahí está Steve Carrell, por ejemplo: el próximo año cumple cincuenta y aún tiene cara de buen tipo, de hombre bonachón, tranquilo, muy en el promedio, ni muy feo ni muy aventajado, medio invisible de lejos, simpático y vivo de cerca. No es casualidad que sus roles cinematográficos hayan estado entre el bobo (Súper agente 86 y Una cena para tontos) y el hombre común, perno, sometido a tensiones sexuales para las que no se siente preparado (Virgen a los cuarenta; Dan, un tipo con suerte; Una noche fuera de serie). Loco y estúpido amor, estreno de esta semana, viene a sumar una pincelada más a este último retrato, que tiene mucho de entrañable, porque al final todos los hombres nos sentimos, en determinado momento, sin las herramientas adecuadas para manejar las tensiones a las que nos sentimos sometidos.

En Loco y estúpido amor, Carrell es Cal Weaver, un marido bonachón, padre de tres hijos, con un trabajo anodino en una corporación que sin embargo le permite tener una casa en los suburbios, con un bonito jardín que se esmera en cuidar. Las zapatillas que usa con dockers revela que no es un hombre precisamente excitante, pero se le ve tranquilo con sus 25 años de matrimonio, hasta que su mujer, Emily (Julianne Moore), mientras conversan sobre qué postre pedir en un restorán, le suelta a bocajarro que quiere el divorcio. Luego, en el auto, le cuenta que se ha acostado con un compañero de oficina. Cal no quiere –no puede– escuchar más y se baja del auto mientras está andando. Comienza, entonces, su larga caída. Son los primeros cinco minutos de la cinta.

El guión de Dan Fogelman, que básicamente ha escrito películas para Disney, es apretado, cómico en algunos momentos, contiene más de alguna sorpresa algo forzada y varios convencionalismo gastados, que se manifiestan sobre todo hacia el cierre de la cinta (más sobre eso en un momento). Con todo, deja espacio para la caída de Cal, que se mueve a un departamento pequeño y trata de pasar sus penas en un bar donde las mujeres no lo consideran ni por asomo. Hasta que el siempre bien vestido Jacob (Ryan Gosling), que en el mismo bar levanta mujeres como quien cosecha hongos después de la lluvia, decide apadrinarlo y volver a conectarlo con su masculinidad. La cinta, dirigida por Glenn Ficarra y John Requa (I love you Phillip Morris), no cumple, sin embargo, lo que hasta ahí promete. La mentada búsqueda de la masculinidad se reduce a comprar ropa nueva, un nuevo corte de pelo, un poco de gimnasio y a aprender a levantar minas en el bar. En el intertanto, Cal reconoce que extraña a su mujer y a su familia, y mediante el refuerzo de historias paralelas, la cinta traslada su energía hacia el ideal del amor único, incondicional, que nace del encuentro con el alma gemela. Es un ideal romántico, conmovedor en muchos sentidos, una ilusión –utópica o no– que no deja de tener su encanto, pero al plegarse a él de manera tan incondicional, la cinta pierde buena parte del filo que mostró en un principio y, peor aún, se permite escabullir los verdaderos problemas que llevaron a Cal y Emily al quiebre, que ciertamente van más allá de su infidelidad. Pese a los enredos, a las muchas cosas que suceden a lo largo del relato, la cinta insiste en mantenerse opaca en esta materia, al punto de hacer inconscientes a a Cal y a Emily y, de pasada, a la película misma. Si uno está dispuesto a tragarse esta rueda de carreta, la cinta sin embargo ofrece algunas observaciones interesantes, dolorosas y a veces crueles de la mano del personaje con el que Steve Carrell ha tenido la lucidez de insistir.

Loco y estúpido amor
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa
Con Steve Carell, Ryan Gosling, Julianne Moore y Kevin Bacon.
Estados Unidos, 2011
118 minutos.

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