La muerte de Pinochet

El socialista de viejo cuño que decidió disfrazarse de viejo pascuero a modo de resistencia.

Uso y abuso
(Publicado en Artes y Letras, el 4 de septiembre, 2011)

“Nadie es un santo para su mayordomo”. Este viejo dicho inglés sintetiza de manera elegante una realidad insoslayable: que basta con que alguien nos mire de cerca para que se entere de nuestras miserias. Todos tenemos pequeñeces, zonas patéticas, debilidades que a veces vienen de la misma constitución fisiológica y son, por lo tanto, irrenunciables. Como decía el papá de un compañero de colegio, cuando veía que alguno de nosotros estaba con una pena de amor: “Imagínatela sentada en el baño”. No era un remedio infalible, pero ayudaba.

Todos tenemos un lado patético. El verdadero misterio es que los seres humanos podamos ser dignos, heróicos, desinteresados, generosos, bellos, sabios, compasivos. Más misterioso aún es que alguna de estas cualidades se manifieste en quien, dada su historia, está lejos de calificar como el candidato ideal. Nos es raro que los relatos donde esto sucede nos hechicen desde principios de los tiempos, una larga tradición que comienza quizás con “El buen samaritano”.

Dar con el patetismo que todos acarreamos, en cambio, no requiere mayor esfuerzo. Es asunto de mirarse al espejo con un poco de sinceridad. Ahora, buscarlo en personas cuya conducta pública es abiertamente penosa, casi parece un abuso. Ése es, en el fondo, el gran problema de La muerte de Pinochet, el último documental de Bettina Perut e Iván Osnovikoff.

Los directores, que con Martín Vargas de Chile (2000) y Un hombre aparte (2001) colaboraron con la revitalización del documental chileno, esta vez arman una crónica en torno a la muerte del dictador en diciembre de 2006. Para ello recurren al relato y las imágenes de cuatro personajes, cuyos nombres no conocemos pero sí sus roles: uno es un hombre mayor, fan de Pinochet, presidente de la Corporación 11 de Septiembre; otro es una mujer, seguidora también de Pinochet, que luego de su muerte, pierde el quiosco que poseía en la Plaza de Armas, donde vendía flores artificiales elaboradas por su propia mano; el tercero es un obrero y militante socialista, que, decepcionado del rumbo del país y de la izquierda, decidió comenzar a disfrazarse de Viejo Pascuero en las manifestaciones, como forma de resistencia; el cuarto es un borrachín de Puente Alto, que terminó celebrando la muerte de Pinochet en la plaza Italia de pura casualidad. Cada uno a su manera, los cuatro parecen haber sido dejados de lado por el tren de la historia, botados a la orilla del tiempo, un rasgo común con los protagonistas de los primeros documentales de Perut y Osnovikoff.

La diferencia está en que, ahora, los directores los filman sin piedad. Primerísimos primeros planos de sus ojos, de su barba, de su piel y, en especial, de su boca permiten presenciar la disposición de los dientes o cuánto se le han recogido las encías por la edad. Peor aún, con excepción de la vendedora de flores, no podemos ver otra cosa que sus bocas mientras hablan. El resto de su cara o la expresión de su ojos queda fuera del plano. No sólo es un encuadre muy poco agradable para el espectador –lo que perfectamente podría ser una sensación buscada–, pero despoja de humanidad al personaje: ya no es una persona hablando, sino sólo una boca vieja, fea, degastada. Ver a los personajes destempleados gritando a la cámara fuera del hospital Militar el día de la muerte de Pinochet tampoco ayuda a darles dignidad. Lo mismo que observar al borrachín balbucera sobrepasado por los efectos del alcohol. Incluso los que celebran en la plaza Italia se ven, con la distancia que dan los cuatro años que han pasado, sobregirados, destemplados, lejos de una alegría gozosa.

Sí, nadie queda bien parado en este documental. Hay momentos en la cinta se permite cierta compasión con la señora de las flores, o cierta simpatía por la bronca tótemica del viejo socialista. Pero, lejos de quedarse allí, prefiere deleitarse en sus primerísismos planos, en su rebuscados y estéticos encuadres, en la fragmentación de los cuerpos, en dar con el efecto surreal o esperpéntico. Quizás la intención era mostrar el patetismo no de cuatro personajes, sino de una sociedad entera. ¿Eso haría más interesante la cinta? Díficil. Por mucho color que le pongan, lo cierto es que mirada de los directores no pudo ir más allá del cliché que, en el fondo, ya conocemos de sobra.

La muerte de Pinochet
Dirigida por Bettina Perut e Iván Osnovikoff
Documental
Chile, 2011
75 min.

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