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Carlos, lo último de Oliver Assayas

octubre 16, 2011

Mi nombre es Carlos, just Carlos
(Publicado en el Artes y Letras, 16 de octubre, 2011)

Olivier Assayas es el más potente, vital e interesante de los cineastas franceses en ejercicio. Quizás hay alguna exageración en este enunciado, porque es difícil evaluar un cine del que llega poco y nada a la cartelera santiaguina. Con todo, si no es el más potente, está muy cerca de serlo ya que sus películas brillan incluso si tomamos en cuenta lo que sale hoy de toda Europa. De manera que si Assayas, después de filmar la espléndida Horas del verano (2008), se arroja con una mini serie de 330 minutos sobre el terrorista que el mundo conoció como Carlos, el resultado no se puede dejar pasar así como así no más.

La cinta, estrenada por la versión latina de HBO hace poco, y hoy disponible en DVD en el extranjero así como por otros métodos menos elegantes desde Chile, es la recreación del alza y caída del que alguna vez calificó como el terrorista más buscado de la Tierra, el venezolano Ilich Ramírez Sánchez, alias Carlos. Orgulloso marxista, revolucionario que insistió constantemente en su condición de revolucionario, “trabajó” para diversas causas antiimperialista, desde el Frente Popular para la Liberación de Palestina a la Libia de Gaddafi, comportándose, a la larga, como un mercenario para enemigos de Europa, Estados Unidos e Israel. El acto más llamativo de su grupo fue el secuestro, en 1975, de los cancilleres y representantes en la reunión de Opec en Viena, secuestro en el que murieron tres personas.

El Carlos de Assayas, interpretado con una impresionante autoridad por el venezolano Édgar Ramírez, tiene mucho de James Bond. Es viril, frío, narcisista, autoritario y extremadamente preocupado por su ropa, un tipo, sin embargo, a todas luces atractivo. Fuma todo el tiempo, bebe y come en grandes cantidades y seduce mujeres sin titubear, plenamente seguro de que merece que ellas se pongan de rodillas cuando él lo solicita. Confiado en sí hasta la ceguera, arrogante, terco: las mismas cualidades que lo hacen una estrella de la revolución armada terminan por condenarlo a la paranoia, la traición y el abandono.

Assayas sintetiza los 20 años de la carrera de Carlos como “revolucionario” con una velocidad extraordinaria, saltando de país en país, de idioma en idioma, con elipsis gigantescas y, a la vez, con extensos detalles en momentos sin aparente trascendencia, como una larga entrada a través de los pasillos de la Stasi o la feliz celebración de un cumpleaños. En esa mezcla de síntesis extrema y largas detenciones hay mucho de novela decimonónica, de haber sabido digerir los astutos e invisibles recursos del género. En un acto de arrojo, sin embargo, Assayas no intenta explicar sicológicamente a su protagonista, ni cómo fue que llegó a convertirse en el hombre que observamos; poco y nada sabemos de su familia, de su infancia y no tenemos más que referencias breves y tangenciales de su formación. Carlos simplemente es y eso basta o, incluso más, sobra, ya que las cinco horas y media de la miniserie se hacen poco para dar cuenta del personaje. Parece difícil creerlo, pero uno quiere más.

La famosa oración de L. P. Hartley –“El pasado es un país extraño: allá se hacen las cosas de otra manera”– se aplica plenamente para esta cinta. Assayas muestra los años setenta y ochenta como un planeta muy singular, donde la gente fuma en los aviones, viaja con maletas cargadas de armas y pone bombas lugares públicos con plena convicción de que hace lo correcto. El mismo Carlos parece un hombre hoy imposible: de extrema izquierda, absolutamente machista, valiente, sin compasión, vanidoso, repleto de ideología pero, a las finales, servidor del que paga mejor. Han pasado apenas 20 años del fin de la Guerra Fría y, sin embargo, parece un siglo. Es cierto que Palestina aún no tiene un territorio y que en Medio Oriente todavía abundan los dictadores y las teologías absolutas, pero Assayas no parece tan interesado en lo que se mantiene, sino en lo que se ha ido. En la gran mayoría de lo que la cinta toca, no hay más que agradecer el paso de los años, sin embargo, Assayas parece mostrarse fascinado, quizás nostálgico, en un punto de este pasado perdido. Parece un detalle superfluo, solo una parte más de Carlos, pero no lo es, ya que el director le dedica generosos énfasis: se trata de la virilidad al viejo estilo, segura, dominante, irrenunciable, solitaria, pero que no llora. Ahí Assayas parece envidiar o al menos admirar sinceramente a su protagonista.

Carlos
Miniserie de Oliver Assayas
Con Édgar Ramírez, Alexander Scheer y Alejandro Arroyo
Franacia, Alemania, 2010
330 minutos.

Friends with benefits

octubre 2, 2011

Logros de la complicidad
(Publicado en Artes y Letras, el 2 de octubre de 2011)

Mila Kunis y Justin Timberlake en Amigos con beneficios, que es como se llamó la película en Chile.

Amigos con beneficios podría convertirse en la Cuando Harry conoció a Sally (1989) de la generación Facebook. No es poco. Tiene Nueva York, es cómica, está repleta de personajes secundarios exquisitos y uno se enamora de Mila Kunis como antes nos enamoramos de Meg Ryan, y peor posiblemente, ya que Kunis es morena, y entre una morena y una rubia, ya se sabe, no hay donde perderse. Además, Jamie, la headhunter que interpreta Kunis, no llora por los hombres, sino que, cuando se comportan miserablemente, los manda a joder con apenas un parpadeo. Pero, antes de hacer eso, es aguda, rápida, divertida y lo suficientemente sensible como para estar atenta a la persona que tiene al frente. Sí sigue siendo válido ir al cine para enamorarse un poco, frente a Jamie/Kunis uno se enamora. Es difícil decir algo parecido frente a Justin Timberlake, que interpreta a Dylan, un director de arte que es reclutado por Jamie para que trabaje para la revista GQ. Pese a que con sus constantes desnudos nos recuerda que tiene un cuerpo envidiable, le falta el ingenio mordaz que los hombres respetamos en nuestros amigos y que sí tenía el personaje de Billy Cristal, quejumbroso, neurótico, contestatario. Timberlake/Dylan es un más exitoso, superficial, sofisticado, reprimido en lo emocional pero de gestos exagerados, afeminados. ¿Está más cercano al tipo de hombre ideal de hoy? Vaya uno a saber.

Dylan y Jamie se hacen amigos y en un momento, como lo anuncia le título de la cinta, deciden hacer el amor prometiéndose que, pase lo que pase después, no dejarán de ser amigos. Por supuesto, no resulta como lo habían planeado. Al mismo tiempo, en una simetría quizás demasiado evidente entran en juego la madre de Jamie y el padre de Dylan y comenzamos a entender de dónde provienen las respectivas trancas emocionales de cada uno.

La cinta está escrita con astucia y mucha autoconciencia. Jaime y Dylan comentan todo el tiempo los clichés de comedias románticas y se ríen de ellos, lo que no les permite, sin embargo, escapar a un destino muy propio del género. Con todo, los incontables guiños, así como las múltiples cochinadas que salen en los diálogos aquí y allá, permite crear complicidad con el público adulto, algo así como si la película te estuviera diciendo: es una comedia romántica, vale, lo sabemos, pero eso no significa que seamos unos tarados ni unos noños.

Si la cinta corre pero no vuela se debe quizás a las limitaciones de su director, Will Cluck, que filma y monta su tercera cinta con demasiada rapidez. Poco planos duran más de cinco segundos; las conversaciones, que son muchas, son armadas casi siempre en un vulgar plano y contra plano; deja poco espacio a la reacciones de los personajes, menos aún a los silencios; no sabe qué hacer con los planos abiertos. En el fondo, su puesta en escena carece de poder visual, de auténtica inteligencia, y le debe demasiado a la retórica televisiva y poco a Howard Hawks, cuyas comedias debería ver con más atención.

Gluck, está lejos de ser un inepto, en todo caso. Antes dirigió Fired Up! (2009) y Rumores y mentiras (2010), dos cintas muy por sobre el promedio de la industria actual. La primera, en una suerte de homenaje a Una eva y dos adanes (1959), era una comedia sobre dos tipos en el colegio que deciden cambiar el equipo de football por el de cheerleader para tener incontables mujeres a su alcance. Cómica, liviana y bien armada, funcionaba en lo que prometía. La segunda era una abierta versión de la Letra Escarlata, donde una chica virgen comienza a sacar ventaja de los rumores sexuales que corren sobre ella en el colegio. De nuevo, sin ser Ciudadano Kane, la cinta lograba acertar sobre el poder de la mentira o de la ficción, según cómo se crea.

Pese a lo pedestre de su estilo, en Amigos con beneficios, Gluck logra acumular emoción sobre sus personajes. Hay calidez en la manera en que se relacionan, hay comprensión por los defectos del otro, se alcanzan a vislumbrar algo de lo que pasa tras sus ojos y lo que pase con sus destinos termina por importarnos, lo que significa que respetamos a quienes vemos en la pantalla. Cuando la comedia romántica ha resultado un género tan sobreexplotado en los últimos 20 años, ver una que se tome el trabajo de tomar en serio tanto a su personajes como a su público, resulta refrescante.

Amigos con beneficios
Friends with benefits
Dirigida por Will Gluck
Con Mila Kunis, Justin Timberlake and Patricia Clarkson.
Estados Unidos, 2011
109 minutos