Archive for 26 diciembre 2011

Pina, de Wim Wenders

diciembre 26, 2011

Wenders saca a los bailarines de Pina a la calle, con resultados no siempre felices.



El talismán culturoso

(Publicado en el Artes y Letras, domingo 25 de diciembre 2011)

Dejo constancia que sé tanto de ballet como de filatelia, o sea, nada, de manera que con la arrogancia que me regala la ignorancia me arrojo a compartir algunos apuntes sobre Pina, el documental que el director alemán Win Wenders (1945) filmó sobre la coreógrafa Pina Bausch, recién estrenado en Chile:

–Que la cinta se llame simplemente Pina, en lugar de Bausch ya dice mucho. Tanta familiaridad es sospechosa. Da cuenta de que, bueno, tú y yo sabemos de quién se trata cuando decimos Pina. Solo hay una Pina, y si tú no sabes quién es “Pina”, todo bien pero la película no es para ti. El recurso del nombre de pila describe muy bien la realidad de que, de un tiempo a esta parte, hablar de esta coreógrafa se ha convertido es una suerte de talismán culturoso, una de esas monedas que usa la gente refinada para reconocerse entre sí, como antes pudo ser Kundera, el mismo Wenders o, ya que estamos en eso, Bolaño.

–Esta actitud se traspasa a la cinta, por supuesto. No hay mayores explicaciones sobre quién es Bausch, cómo gesto su carrera o cuál es su relevancia en el panorama general del ballet contemporáneo. Simplemente vemos una sucesión de fracciones de sus coreografías, más algunos testimonios breves, muy sintéticos y personales, de colaboradores y bailarines de su compañía, la Tanztheater Wuppertal. Todo muy cool, por supuesto, muy refinado, muy contemporáneo, fino y extremadamente estético. Todo muy Pina, of course.

–Wenders, tal como en Buena Vista Social Club, permanece lejos, distante, sin intervenir ni con la voz ni con su presencia. Cuando filma los montajes al interior de un teatro, el espacio natural para el ballet, lo hace con planos abiertos, dejando espacio percibir los movimientos de los bailarines y los planos simultáneos de acción, que al parecer eran característicos de Bausch. Es posible que, con el pasar de los años, estos segmentos, los que simplemente registran las coreografías, se puedan convertir en los más valiosos de la cinta, ya que, imagino, debe ser difícil trasmitir de otra manera las sutilezas de tal o cual movimiento del cuerpo.

–Wenders saca también, con unos pocos bailarines en cada ocasión, las coreografías a la calle y a la naturaleza, y entonces uno se pregunta cuál es el punto de enfrentar un arte tan teatral, tan hiperbólico, tan mímico si se quiere, como el ballet, a la dura luz de la realidad. ¿Wenders nos está diciendo que Bausch hacía piezas que, pese a su teatralidad y abstracción, trataban sobre situaciones cotidianas? ¿O lo hace porque le gusta imaginar un mundo sin palabras pero hecho de los gestos heroicamente expresivos de “Pina”? Cualquier sea la respuesta, estas secciones nos recuerdan que el exceso de pretensión ciertamente puede ser incómoda.

–En toda película, pero especialmente en todo documental, uno espera –o desea– ciertas cuotas de verdad, hallazgos que, una vez vistos, sentidos, nos cambian en alguna proporción, por mínima que sea, nuestra mirada sobre el mundo. En Pina, esos hallazgos son escasos, pero, cuando los hay, provienen de los logros de ciertas coreografías. Bausch, cuando no se toma el ballet terriblemente en serio, logra piezas juguetonas, comentarios casi cómicos sobre la sexualidad o la tensión entre los sexos. Cuando se arroja, en cambio, a retratar la profunda soledad del hombre contemporáneo, sus ideas se sienten bastante más limitadas que las de, por ejemplo, Chaplin en Tiempos modernos. Bausch proviene de una tradición –la alemana– expresionista, torturada y algo operática, y a veces se nota demasiado.

–Cuando Wenders era joven, siempre cuenta, comenzó a filmar porque le gustaba la pintura, y se imaginaba el cine simplemente como cuadros en movimiento. No solo no le interesaba contar un historia, sino que narrar le parecía una desviación del propósito cinematográfico. Cuando se dio cuenta de que, dada la disposición secuencial del cine –una imagen va detrás de otra–, era inevitable contar una historia terminó por entregarse a la narración, pero siempre tratando de evitar trampas que impone privilegiarla en exceso. Esta búsqueda de lo propiamente cinematográfico, esta tensión entre narrar y tratar de no hacerlo, lo llevó a filmar algunas películas inolvidables como el Alicia en las ciudades (1974), El transcurso del tiempo (1976), Mi amigo americano (1977) o París, Texas (1984). Pero Wenders, que hace mucho tiempo que no filma algo que no den ganas de cerrar los ojos, arma Pina sin mayor tensión, escapando de la narración, como en su tierna juventud, pero sin ofrecer mucho a cambio, casi nada más allá de lo que Bausch destiló antes, por su propia cuenta.

Pina
Documental de Wim Wenders
Alemania, Francia, Gran Bretaña, 2011
106 minutos

The tree of life

diciembre 12, 2011


El árbol de la vida, la última cinta de Terrence Malick:
Imperfecta, inabarcable

(Publicado en Artes y Letras, el domingo 11 de diciembre, 2011)

¿Habremos perdido para siempre a Terrence Malick? La pregunta salta inevitable cuando uno ve su última cinta, El árbol de la vida. Parece impresionante que haya logrado financiamiento, especialmente en una industria con pocas ideas y mucha aversión al riesgo, como se ve hoy el grueso de Hollywood. Parece también muy extraño que vaya a estrenarse en Chile, pero ya está programada al menos para el festival de la revista Wiken del próximo enero, lo que, dicho sea de paso, es una gran noticia. Por extraña, inusual y desbocada que sea, la cinta es un acontecimiento cinematográfico de esos que tenemos una vez cada dos años.

Contar la trama de El árbol de la vida puede ser tan difícil como inútil. La oración: “La cinta cuenta la historia de…” podría tomar toda esta columna y quedar corta, porque incluye secuencias de la creación del universo, el nacimiento de la vida en la Tierra, la presencia de los dinosaurios y también su extinción. Ahora, todo eso es relativamente marginal, porque el centro de la cinta está en los recuerdos de Jack (Hunter McCracken), un niño que creció en Texas, a mediados de los cincuenta, como el mayor de tres hermanos, hijo de un padre cariñoso pero muy severo (Brad Pitt) y de una madre tierna, adorable y temerosa de su marido (Jessica Chastain). Estos recuerdos, de verano, de juegos al aire libre, de perros, de agua, de comidas y de árboles, se superponen con la vida actual de Jack (Sean Penn), como exitoso arquitecto de una gran ciudad llena de rascacielos, y con las reverberaciones de la muerte de su hermano, suponemos, en la guerra de Vietman.

Esto se entiende mejor después de ver El árbol de la vida por segunda vez, por supuesto. En la primera, se tiene la sensación de que se asiste a una sinfonía de imágenes, bellas, conmovedoras a veces pero conectadas únicamente por aspectos internos del encuadre, como por ejemplo el viento sobre las hojas de los árboles, las copas de árboles contra el sol, el sol cayendo en el horizonte, un río, un cierto movimiento de cámara, una música coral a medio camino entre la ópera y el sacramento, la semejanza que pueden tener las formaciones de nubes cósmicas con las cortinas de una casa movidas por el viento. Dicho de otro modo, la secuencia de imágenes es escasamente narrativa, sino que parece más bien comandada por una asociación libre, cierta música, un poderoso ánimo lírico.

En su ambición de abarcar a la vez lo majestuoso de la vida y lo sensual, el milagro jubiloso de la existencia y la certeza trágica de la muerte, Malick no encontró quizás una forma más adecuada. Hay aquí mucho de Whitman y su Canto a mí mismo, respecto a que cada hombre representa / contiene a todos los hombres. No poco de Borges, respecto a que un espacio, un momento, una mente puede contener todos los espacios, todos los momentos, todos los recuerdos. Aborda también, entre muchas otras cosas, la vieja pregunta de la narración, respecto si a acaso para contar cualquier historia lo justo no sería comenzar de atrás, de muy atrás. Hay cosas de las sólo puede hablarse a través de metáforas.

Con ese nivel de aspiraciones, no es raro que El árbol de la vida bordee el abismo del fracaso, lo irritante de la pretensión excesiva, la lata de lo ininteligible. Por momento lleva tan lejos en el estilo etéreo, atmosférico, envolvente que ha marcado especialmente sus dos últimas cintas –La delgada línea roja y El nuevo mundo– que casi se convierte en una parodia de sí mismo. Uno puede imaginarse ya a los publicistas largándose a copiar secuencias completas de El árbol de la vida para vender ropa, té o tarjetas de crédito. Con todo, la película se sobrepone a casi todos los fosos que abre a sí misma. Imperfecta, inabarcable, parece pensaba para mirarse al menos dos, o tres veces. Por debajo de sus imágenes corre una fibra, un misterio difícil de resolver, que sostiene el conjunto del derrumbe. Son imágenes espléndidas, espléndidas como se ven muy de tarde en tarde, pero contienen dolor, cierta incomodidad, el aire suspendido de las preguntas que, por mucho que lo deseamos, no se pueden resolver.

El árbol de la vida (The tree of life)
Dirigida por Terrence Malick
Con Sean Penn, Brad Pitt, Jessica Chastain.
Estados Unidos, 2011
139 minutos.

El mocito

diciembre 1, 2011

Un hombre sin redención
(Publicado en Artes y Letras, el 20 de noviembre, 2011)

¿Por qué algunas cosas se perciben mejor desde la tangente, como de refilón, como si por la esquina del ojo pudiéramos mirar mejor que de frente? Es claro que la inteligencia del hombre tiene limitaciones perceptivas. Cuando las investigaciones documentan que el régimen de Pinochet acabó con la vida de tres mil personas tenemos problemas para imaginar lo que eso significa. Sabemos que había padres e hijos, mujeres y hombres entre esas personas, sin embargo, la magnitud de los hechos nos resulta muy difícil de asimilar. Por ejemplo, ¿tres mil es mucho o poco? El régimen de Hitler mató a 6 millones. El número de argentinos que desaparecieron entre 1976 y 1983 se estima entre 13 mil y 22 mil, según quien lo haga. ¿Pero acaso no es intolerable que agentes del Estado puedan torturan o asesinar a una sola persona? ¿De qué sirve comparar cifras? De nada, pero la mente, decimos, trata de entender. Sin embargo, nos resulta mucho más fácil comprender las proporciones del abismo cuando nos enfrentamos a una sola historia, a un solo caso. Incluso cuando ese caso es marginal como el de El mocito, documental estrenado este jueves y dirigido por Marcela Said y Jean de Certeau, los mismos detrás de Opus Dei, una cruzada silenciosa.

El protagonista de El mocito es Jorgelino Vergara. Cuando era todavía un adolescente, comenzó a trabajar como mozo de Manuel Contreras. Más tarde, Contreras se lo llevó a la Dina y allí continuó sirviendo café y luego vigilando y alimentando a los prisioneros. Hoy vive en el campo, es muy pobre y caza conejos y saca cangrejos del barro para comer un poco mejor. Said y de Certeau lo filman con distancia, sin hacer preguntas, sin aparentemente intervenir. Pero cierta intervención sobre sí existe, ya que Jorgelino va a visitar al abogado de derecho humanos Nelson Caucoto, llega al campo de uno de sus antiguos jefes y termina por acercarse a la familia de una de las víctimas. Resulta difícil de creer que Jorgelino hubiera sido capaz de ir tan lejos por su propia iniciativa. Es un hombre educado por militares que, sin embargo, no recibió una educación militar. Es un hombre que quizás no cometió crímenes por su propia mano, pero los vio, los asistió y los calló. Es un hombre que gozó del poder por el que estuvo rodeado, pero nunca fue capaz de entender las consecuencias. Jorgelino confiesa muchas cosas y hay muchas también que calla.

La cinta tiende a cargar las tintas innecesariamente cuando muestra la frialdad con que Jorgelino caza y despelleja a un conejo o cómo practica con el linchaco, sin embargo, a la larga nos hace preguntarnos si otro hombre, en las mismas circunstancias, hubiera hecho algo distinto. Su tragedia es la de haber nacido pobre, en un país sin oportunidades, en medio de una dictadura feroz. Su historia nos recuerda la tesis de Tolstoi respecto a que los hombres, en el gran curso de la historia, tienen poca o nula libertad. Jorgelino quizás sinceramente quiere redimirse de su pasado, pero sus gestos corporales lo traicionan, ya que cuesta sentirlo realmente arrepentido. Quizás una parte de sí sabe que no hay redención posible, que vivirá hasta la muerte marcado por las esquirlas del horror. Sin embargo, la entrega de información que Jorgelino realiza hacia el fin de la cinta lo han hecho muy pocos en su lugar. ¿Es lo mínimo que se puede pedir? Quizás. Pero, si fuera tan sencillo, tan nítido, ¿por qué tan pocos lo han hecho? A través de un relato sin grandes énfasis, austero, seco como madera seca, El mocito deja más vacíos que respuestas, más abismos que certezas. Con todo, lo poco que alcanzamos a percibir de este ex mozo de la Dina es suficiente para congelarnos el corazón.

El mocito
Dirigida por Marcela Said y Jean de Certeau
Documental
Chile, 2011
70 min