The tree of life


El árbol de la vida, la última cinta de Terrence Malick:
Imperfecta, inabarcable

(Publicado en Artes y Letras, el domingo 11 de diciembre, 2011)

¿Habremos perdido para siempre a Terrence Malick? La pregunta salta inevitable cuando uno ve su última cinta, El árbol de la vida. Parece impresionante que haya logrado financiamiento, especialmente en una industria con pocas ideas y mucha aversión al riesgo, como se ve hoy el grueso de Hollywood. Parece también muy extraño que vaya a estrenarse en Chile, pero ya está programada al menos para el festival de la revista Wiken del próximo enero, lo que, dicho sea de paso, es una gran noticia. Por extraña, inusual y desbocada que sea, la cinta es un acontecimiento cinematográfico de esos que tenemos una vez cada dos años.

Contar la trama de El árbol de la vida puede ser tan difícil como inútil. La oración: “La cinta cuenta la historia de…” podría tomar toda esta columna y quedar corta, porque incluye secuencias de la creación del universo, el nacimiento de la vida en la Tierra, la presencia de los dinosaurios y también su extinción. Ahora, todo eso es relativamente marginal, porque el centro de la cinta está en los recuerdos de Jack (Hunter McCracken), un niño que creció en Texas, a mediados de los cincuenta, como el mayor de tres hermanos, hijo de un padre cariñoso pero muy severo (Brad Pitt) y de una madre tierna, adorable y temerosa de su marido (Jessica Chastain). Estos recuerdos, de verano, de juegos al aire libre, de perros, de agua, de comidas y de árboles, se superponen con la vida actual de Jack (Sean Penn), como exitoso arquitecto de una gran ciudad llena de rascacielos, y con las reverberaciones de la muerte de su hermano, suponemos, en la guerra de Vietman.

Esto se entiende mejor después de ver El árbol de la vida por segunda vez, por supuesto. En la primera, se tiene la sensación de que se asiste a una sinfonía de imágenes, bellas, conmovedoras a veces pero conectadas únicamente por aspectos internos del encuadre, como por ejemplo el viento sobre las hojas de los árboles, las copas de árboles contra el sol, el sol cayendo en el horizonte, un río, un cierto movimiento de cámara, una música coral a medio camino entre la ópera y el sacramento, la semejanza que pueden tener las formaciones de nubes cósmicas con las cortinas de una casa movidas por el viento. Dicho de otro modo, la secuencia de imágenes es escasamente narrativa, sino que parece más bien comandada por una asociación libre, cierta música, un poderoso ánimo lírico.

En su ambición de abarcar a la vez lo majestuoso de la vida y lo sensual, el milagro jubiloso de la existencia y la certeza trágica de la muerte, Malick no encontró quizás una forma más adecuada. Hay aquí mucho de Whitman y su Canto a mí mismo, respecto a que cada hombre representa / contiene a todos los hombres. No poco de Borges, respecto a que un espacio, un momento, una mente puede contener todos los espacios, todos los momentos, todos los recuerdos. Aborda también, entre muchas otras cosas, la vieja pregunta de la narración, respecto si a acaso para contar cualquier historia lo justo no sería comenzar de atrás, de muy atrás. Hay cosas de las sólo puede hablarse a través de metáforas.

Con ese nivel de aspiraciones, no es raro que El árbol de la vida bordee el abismo del fracaso, lo irritante de la pretensión excesiva, la lata de lo ininteligible. Por momento lleva tan lejos en el estilo etéreo, atmosférico, envolvente que ha marcado especialmente sus dos últimas cintas –La delgada línea roja y El nuevo mundo– que casi se convierte en una parodia de sí mismo. Uno puede imaginarse ya a los publicistas largándose a copiar secuencias completas de El árbol de la vida para vender ropa, té o tarjetas de crédito. Con todo, la película se sobrepone a casi todos los fosos que abre a sí misma. Imperfecta, inabarcable, parece pensaba para mirarse al menos dos, o tres veces. Por debajo de sus imágenes corre una fibra, un misterio difícil de resolver, que sostiene el conjunto del derrumbe. Son imágenes espléndidas, espléndidas como se ven muy de tarde en tarde, pero contienen dolor, cierta incomodidad, el aire suspendido de las preguntas que, por mucho que lo deseamos, no se pueden resolver.

El árbol de la vida (The tree of life)
Dirigida por Terrence Malick
Con Sean Penn, Brad Pitt, Jessica Chastain.
Estados Unidos, 2011
139 minutos.

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