Archive for 1 febrero 2012

The Descendants

febrero 1, 2012

Matt King (Clooney) conversa con uno de sus tantísimos primos (Beau Bridges) sobre las tierras que están a punto de vender en Hawai.

Los descendientes:
La líquida identidad de los hombres

Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, 29 de enero, 2012)

Antes que nada, hay que reconocerle a Alexander Payne (Las confesiones de Schmidt, Entre copas) el coraje de filmar contracorriente, historias sin pistolas ni persecuciones en auto pero tampoco dramas hiperbólicos, elegidos de la crónica roja o de una mente que imagina que el sufrimiento sólo existe en situaciones extraordinarias. No, sus historias tratan de hombres bastante simples, relativamente acomodados, que enfrentan momentos cruciales de su vida; historias bastante silvestres y pegadas a la tierra para los términos actuales de Hollywood, a las que Payne, sin embargo, logra sacarles encanto y brillo.

Los descendientes, recién estrenada esta semana, abre con la voz en off de Matt King (George Clooney), un abogado de Hawai, cuya mujer está en coma por culpa de un accidente en lancha. Pronto nos enteramos de que también tiene dos hijas, a las que nunca le ha dedicado el tiempo suficiente, y de que, junto a un lote de primos, es el heredero de un enorme fundo virgen en una de las islas del archipiélago, quizás el último fundo que queda intacto en Hawai y por el cual está recibiendo millonarias ofertas. La acción comienza a moverse cuando la mujer de King empeora. Pese a esta premisa, bastante más trágica que la propuesta en sus cintas anteriores, Payne se las arregla, sin embargo, para mantener cierto humor en el relato. Consigue el efecto a través del registro de Clooney, que cuando quiere saca algo de payaso, de exagerar la caracterización de otros personajes y del uso de la música, algo omnipresente, que ayuda a marcar las escenas, algunas veces más de lo necesario, lo que es un defecto demasiado expandido en la industria como para condenar a Payne al respecto. Hay mucho riesgo en llevar el tono a medio camino entre la tragedia y la comedia, pero el director obtiene a cambio que el espectador baje la guardia y se sienta muy cercano a King, pese a que la cinta, por ejemplo, mencione poco y nada de su responsabilidad en la distancia que creó con su esposa o con su hijas. King, de hecho, se ve como un buen tipo, sensato, sensible, paciente, demasiado bueno. La larga voz en off de King, que abre la película, está ahí para hacer aún más inmediata esta identificación.

Vista así, uno podría creer que Los descendientes es sólo una película cálida, con un protagonista muy querible y algunos de los trucos habituales para engatusar al espectador. Sin embargo, Payne va más allá. El drama de King es al final un problema de identidad. En lugar de gozar pacíficamente de la estabilidad que significa bordear los cincuenta años de edad, su alrededor se vuelve líquido, un territorio sin formas que amenaza con disolver su lugar en el mundo. Su mujer resulta no ser la que él pensaba que era, sus hijas son también una caja de sorpresas y el ancla con sus antepasados ¬–el fundo heredado- está pronta a caer bajo el avance de la modernidad. La identidad de King queda entonces bajo fuego y el hombre debe reconstituirla con los pocos recursos que tiene a mano. El dilema, en otros contextos, es parecido al que en Las confesiones de Schmidt enfrenta Warren (Jack Nicholson) cuando se jubila y no sabe qué hacer con el resto de su vida o el de Miles (Paul Giamatti) en Entre copas, que lleva años deprimido en el fracaso de no haberse convertido en el escritor que imaginó que alguna vez sería.

Últimamente se suele creer que sólo las mujeres tienen problemas de identidad, al verse tensionadas entre su vida familiar y su realización laboral. Sin embargo, las cintas de Payne nos recuerdan que los hombres también vivimos interrogados respecto a lo que quisimos ser y no fuimos, respecto a lo que creemos ser y en realidad somos.

Los descendientes
Dirigida por Alexander Payne
Con George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller
Estados Unidos, 2011
115 minutos.

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Killer elite

febrero 1, 2012

Jason Statham en Killer Elite

Jason Statham haciendo de, bueno, Jason Statham, un tipo que odia su trabajo pero es tan pro que no puede evitarlo.


Asesinos de elite: Statham lo hace otra vez
Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, 15 de enero, 2012)

El jueves se estrenó Asesinos de elite. La historia es tan esperable que llega a dar un poco de risa: Danny, un mercenario de altísimo nivel, una máquina de matar que jamás falla pero que no por eso deja de tener su corazón, el actor Jason Statham nada menos, que ha hecho el mismo papel casi una docena de veces, decide retirarse del “negocio”, pero entonces un jeque secuestra a su mentor y socio, Robert DeNiro, que tiene por su haber otro tanto de papeles por el estilo, para obligar a Danny a hacer un último trabajo, que por supuesto es complicadísimo y lo pone en la mira de un ex militar de elite (Clive Owen), otro asesino profesional, dispuesto a todo con tal de proteger un importante secreto de sus ex camaradas. Una frase basta y sobra incluso para los detalles. ¿Hace falta decir más? La película tiene explosiones al por mayor, peleas a puño limpio, persecuciones en autos, tiroteos, escenarios a lo ancho del mundo, pocos diálogos y muchísimas miradas matadoras. Vista con humor es una delicia de lugares comunes, que no resiste mayor análisis.
El punto, sin embargo, y esto nos hace comentarla, es Jason Statham.

¿Cómo puede ser que este actor inglés, de poco pelo, marcada mandíbula y eterna barba de dos días esté convertido en un género en sí mismo? Ya se sabe, hay actores que son como camaleones: engordan, enflaquecen, un día hace comedia, otro día un drama, otro una de acción, como Leonardo DiCaprio. Otros, sólo son capaces de hacer un personaje, pero lo hacen bien o, al menos, con cierto encanto, como Woody Allen. Statham es, no cabe duda, de los últimos. Desde que el sobregirado pero extremadamente ondero director Guy Ritchie lo descubrió para Juegos trampas y dos armas humeantes, en 1998, el hombre ha hecho casi treinta películas, ninguna de ellas gran cosa, si hacemos una excepción con Collateral (2004), donde tiene un papel pequeño, y La estafa maestra (2003), cinta que tenía su qué. Pese a esto, el hombre es consciente, al parecer, de que sus talentos actorales funcionan siempre y cuando no lo exijan mucho. A punta de insistir en roles de ladrones, mercenarios y asesinos a sueldo, todos siempre muy profesionales, esencialmente solitarios, extremadamente bien vestidos, donde la manera en que toma una pistola o conduce un automóvil puede llegar a muchísima más expresiva que cualquier esfuerzo de rostro, Statham, sin embargo, ha hecho de sus limitaciones su éxito, lo que no deja de tener algo de admirable.

Su figura, por lo demás, insiste es un estereotipo que tiene ciertas zonas oscuras. Sí, el es macho recio, que esconde sus sentimientos y prefiere hablar con los hechos en lugar de las palabras, una figura cuyo máximo expositor cinematográfico fue John Wayne, pero que también se encarnó en Humphrey Bogart, Clint Eastwood, Robert Duvall, James Coburn o Bruce Willis. Statham, como varios de su raza, también es un símbolo sexual, sin embargo, en sus cintas rara vez lo vemos con una mujer, menos aún teniendo sexo casual a la James Bond. No, su personaje está más cerca del monje solitario, del experto que pago su aprendizaje con la soledad, aislado afectivamente de cualquier relación y de todo pasado. Wayne era noble porque quería u odiaba intensamente. Eastwood, porque buscaba siempre una reparación, en la moral o en la sangre. Willis, porque siempre es un derrotado que trata de pararse de las cenizas. Statham no tiene aún nobleza –y si sigue haciendo la misma basura de siempre capaz que nunca la alcance–, pero en sus personajes vemos al profesional condenado al ostracismo por un trabajo que hace mejor que nadie, pero que ha terminado por odiar. ¿Signo de los tiempos? Capaz que sí. Statham está constantemente tratando de rebelarse contra las cadenas de la especialización, contra la condena de ser bueno en algo que se detesta. En esto, y no es las infinitas escenas de puñetazos, puede estar la razón de que el público acepte verlo una y otra vez en películas que de distintas sólo tienen el nombre.

Asesinos de elite
Dirigida por Gary McKendry
Con Jason Statham, Robert de Niro y Clive Owen.
Estados Unidos y Australia, 2011
116 minutos.