Archive for the ‘Cine chileno’ Category

Joven y alocada

mayo 6, 2012

Actitud vs cine

Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, el 8 de abril, 2012)

Una manera radical de decirlo sería decir que todo lo que Joven y alocada, el primer largometraje de la chilena Magaly Rivas, tiene en observación social, en actitud y en onda se le echa de menos en cine.

La observación social es admirable en incontables detalles, que van desde la ropa de los personajes, que siempre es natural, realista y rara vez parece el invento de un director de arte, al notable uso de la sintaxis y los modismos juveniles, que no parecen impostados o forzados al modo de las teleseries, sino ricos en texturas, cómicos y perfectamente gráficos, como suelen ser en la vida real. La cinta cuenta la historia de Daniela (Alicia Rodríguez), una adolescente que ha crecido en un conservador ambiente evangélico y que termina echada del colegio a un mes de egresar por haber tenido relaciones sexuales con un compañero. Con esta historia, Rivas pone el énfasis en crear un contrapunto entre la expresión parca y contenida de los gestos de Daniela con la expresión explícita y deslenguada de su relato verbal, que acompaña constantemente las imágenes y detalla todo tipo de aventuras sexuales. Este contrapunto es sabroso y la directora logra que se sienta muy verosímil, muy real si se quiere.

La actitud y la onda se revelan no sólo en la franqueza con que la cinta muestra a Daniela ansiando su realización sexual, lo que, dada su edad y el conservadurismo con que se suele se describe a la sociedad chilena, se convierte en una suerte de provocación, o declaración de principios, de una manera no muy distinta quizás a como lo fue Looking for Mr. Goodbar (1977) en los años setenta, sino también por el montaje y la textura de la película misma. En ese sentido, esta cinta es una suerte de versión mejorada de lo que Nicolás López siempre ha tratado de lograr: un retrato del amor con los recursos mismos de la vida digital: mensajes de textos, chats, facebook y blogs. A Rivas le resulta sin aparente esfuerzo y logra congregar en su película no sólo la particularidad de estas nuevas hablas, sino texturas del video juego, del porno, de instagram y de la gráfica predigerida de los memes. Sí, Joven y alocada se la juega por ser rabiosamente moderna, actual, enchufada. Y lo hace convincentemente, ya que escapa de todo tipo de ñoñerías o prejuicios que una mirada más paternalista inevitablemente terminaría por producir. Dicho de otra manera, a su lado, Sexo con amor (2003) parece una película de los años cincuenta.

Todo esto está muy bien si consideramos la cinta como retrato social, como captura de cierto estado de las cosas. Pero estos efectos son igualmente posibles a través de la crónica, la novela, el blog o la música pop. En lo que se refiere a la elaboración cinematográfica propiamente tal, la película tiene en cambio muchas deudas. Por lo pronto, apenas posee una puesta en escena. La cinta utiliza un montaje fragmentado y usa y abusa de los primeros planos, en especial del rostro de Daniela. Su parca expresión es la principal imagen que uno se lleva al salir del cine. Por otro lado, está bien que el mundo de los adultos se retrate explícitamente fuera de foco –lo que, de nuevo, revela mucha actitud–, pero otra cosa es que apenas tengamos la posibilidad de observar, por ejemplo, el rostro de Aline Küppenheim, que en el rol de la estricta madre de Daniela trata de matizar la dureza monolítica con que procede su personaje. La cinta logra, sí, en algunos momentos cierta sensualidad, una sensualidad que suele ser escasa en el cine chileno, pero esto no corrige ni suple otro de sus grandes vacíos: que, descontada la protagonista, todos los personajes son de una sola tecla sola, de una sola característica: el canuto, la liberada, la buena onda. Es difícil contar una buena historia limitando tanto el rango de acción o de emoción de los personajes. En los matices hay incerteza y en la ambigüedad hay misterio, y ambas cosas, por difíciles que sean de manejar, enriquecen tanto las películas como la vida misma.

Joven y alocada
Dirigida por Marialy Rivas
Con Alicia Rodríguez, Aline Küppenheim, María Gracia Omegna, Felipe Pinto e Ingrid Isensee.
Chile, 2012
96 minutos.

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El mocito

diciembre 1, 2011

Un hombre sin redención
(Publicado en Artes y Letras, el 20 de noviembre, 2011)

¿Por qué algunas cosas se perciben mejor desde la tangente, como de refilón, como si por la esquina del ojo pudiéramos mirar mejor que de frente? Es claro que la inteligencia del hombre tiene limitaciones perceptivas. Cuando las investigaciones documentan que el régimen de Pinochet acabó con la vida de tres mil personas tenemos problemas para imaginar lo que eso significa. Sabemos que había padres e hijos, mujeres y hombres entre esas personas, sin embargo, la magnitud de los hechos nos resulta muy difícil de asimilar. Por ejemplo, ¿tres mil es mucho o poco? El régimen de Hitler mató a 6 millones. El número de argentinos que desaparecieron entre 1976 y 1983 se estima entre 13 mil y 22 mil, según quien lo haga. ¿Pero acaso no es intolerable que agentes del Estado puedan torturan o asesinar a una sola persona? ¿De qué sirve comparar cifras? De nada, pero la mente, decimos, trata de entender. Sin embargo, nos resulta mucho más fácil comprender las proporciones del abismo cuando nos enfrentamos a una sola historia, a un solo caso. Incluso cuando ese caso es marginal como el de El mocito, documental estrenado este jueves y dirigido por Marcela Said y Jean de Certeau, los mismos detrás de Opus Dei, una cruzada silenciosa.

El protagonista de El mocito es Jorgelino Vergara. Cuando era todavía un adolescente, comenzó a trabajar como mozo de Manuel Contreras. Más tarde, Contreras se lo llevó a la Dina y allí continuó sirviendo café y luego vigilando y alimentando a los prisioneros. Hoy vive en el campo, es muy pobre y caza conejos y saca cangrejos del barro para comer un poco mejor. Said y de Certeau lo filman con distancia, sin hacer preguntas, sin aparentemente intervenir. Pero cierta intervención sobre sí existe, ya que Jorgelino va a visitar al abogado de derecho humanos Nelson Caucoto, llega al campo de uno de sus antiguos jefes y termina por acercarse a la familia de una de las víctimas. Resulta difícil de creer que Jorgelino hubiera sido capaz de ir tan lejos por su propia iniciativa. Es un hombre educado por militares que, sin embargo, no recibió una educación militar. Es un hombre que quizás no cometió crímenes por su propia mano, pero los vio, los asistió y los calló. Es un hombre que gozó del poder por el que estuvo rodeado, pero nunca fue capaz de entender las consecuencias. Jorgelino confiesa muchas cosas y hay muchas también que calla.

La cinta tiende a cargar las tintas innecesariamente cuando muestra la frialdad con que Jorgelino caza y despelleja a un conejo o cómo practica con el linchaco, sin embargo, a la larga nos hace preguntarnos si otro hombre, en las mismas circunstancias, hubiera hecho algo distinto. Su tragedia es la de haber nacido pobre, en un país sin oportunidades, en medio de una dictadura feroz. Su historia nos recuerda la tesis de Tolstoi respecto a que los hombres, en el gran curso de la historia, tienen poca o nula libertad. Jorgelino quizás sinceramente quiere redimirse de su pasado, pero sus gestos corporales lo traicionan, ya que cuesta sentirlo realmente arrepentido. Quizás una parte de sí sabe que no hay redención posible, que vivirá hasta la muerte marcado por las esquirlas del horror. Sin embargo, la entrega de información que Jorgelino realiza hacia el fin de la cinta lo han hecho muy pocos en su lugar. ¿Es lo mínimo que se puede pedir? Quizás. Pero, si fuera tan sencillo, tan nítido, ¿por qué tan pocos lo han hecho? A través de un relato sin grandes énfasis, austero, seco como madera seca, El mocito deja más vacíos que respuestas, más abismos que certezas. Con todo, lo poco que alcanzamos a percibir de este ex mozo de la Dina es suficiente para congelarnos el corazón.

El mocito
Dirigida por Marcela Said y Jean de Certeau
Documental
Chile, 2011
70 min

Música campesina (Country music)

noviembre 5, 2011

Alejandro Tazo (Pablo Cerda) y sus amigos semilosers caminan por Nashville.


Cierta sensación de libertad
(publicado en Artes y Letras, el 30 de octubre, 2011)

Con Música campesina, estrenada esta semana en los cines de Santiago, Alberto Fuguet vuelve a una situación muy propia de su cine, casi una marca registrada a esta altura: un hombre en sus treinta, aún joven pero cerca de dejar de serlo, se encuentra desadaptado de su entorno, solitario, desenchufado, perdido. En Se arrienda (2005), porque venía llegando del extranjero; en Velódromo (2010), por una suerte de intolerancia al otro; en Música campesina, porque el protagonista se encuentra en una ciudad y en un país que no son los suyos. Se trata de Alejandro Tazo (Pablo Cerda), que mientras va arriba de un bus pasa por Nashville, tiene un inconveniente y decide quedarse. Mucho después sabremos qué anda haciendo tan lejos de casa y porque le miente descaradamente a su hermano cuando lo llama por teléfono. Lo que importa en un principio es que Tazo está en Nashville, más sólo que un calcetín huacho, sin dinero y sin expectativas. Lo último, la falta de expectativas, sin embargo, lo ayuda, ya que Tazo espera poco y nada de su situación, más que conseguir un poco de dinero, tener algún amigo y hablar en castellano de vez en cuando ya que está cansado de hablar inglés sin dominarlo demasiado.

Tazo no está de vacaciones pero tampoco tiene las energías de un inmigrante. Simplemente está, algo aburrido, paralizado. El por qué aparece de a poco y es uno de misterios que la cinta aprovecha a su favor. Esta vez, a diferencia de lo que sucedía en Velódromo, la cinta no cuenta más de lo que debe. Aprovecha así la opacidad del cine, en el que veamos caras y no corazones, para generar parte de su intriga. Porque trama, lo que se llama trama, tiene poco y nada, lo que no es raro en el cine de Fuguet, sino todo lo contario. Su cintas tienden a ser episódicas, sin un entramado dramático muy claro, en el que el protagonista, sin embargo, emprende una suerte de ajuste con el entorno o, para ser más preciso, con sí mismo. Esta vez, sin embargo, el director y guionista no comete el error de subrayar de qué se trata el ajuste, tampoco comenta a través de los diálogos las razones socio o sicológicas que lo sustentan. Deja que el espectador se entere de a poco, que llene los vacíos con su imaginación.

Es difícil contar una historia en que lo que sucede es poco, y sucede, justamente, de una manera inasible, algo etérea. Pero, al parecer, es cierto que la práctica hace al maestro, porque Música campesina lo logra. Las pequeños episodios terminan por ser mucho más que la suma de las partes y terminamos involucrados, contentos incluso, por la manera en que Tazo logra recuperarse a sí mismo. En medio, algo se cuela: postales desde la puerta trasera de la mítica ciudad de Nashville; escenas cómicas de una manera inesperada, como aquella en que Tazo le habla en castellano a una mesera que no entiende una palabra de lo que dice; tiempos muertos, bien muertos; planos fijos que se llenan vitalidad, como aquel en que dos amigos improvisan una canción con tres palabras tontas; cierta sensación de libertad, que tiene que ver con la libertad que Tazo tímidamente comienza a disfrutar, pero también con la libertad que la cinta misma trasmite desde su factura, desde como está filmada y montada. Esta es la cinta menos grave de Fuguet, la menos pesada, la menos declarativa, la menos escrita y, a la vez, la más suelta, la más leve, la más cinematográfica. También es la que el protagonista se siente menos enclaustrado en sí mismo y más abierto al mundo y al futuro. Y no es que las películas de hombres neuróticos y esquivos sean peores que las de hombres libres y abiertos, pero que un director se mueva de un punto a otro hace pensar que su cine también puede moverse de un punto a otro, y los espectadores por cierto que disfrutamos de ese movimiento porque, entre otras cosas, al final también queremos ese movimiento para nosotros mismos.

Música campesina
Dirigida por Alberto Fuguet
Con Pablo Cerda, Lori Harrington y James Cathcart.
Chile y Estados Unidos, 2011
100 min

El edificio de los chilenos

septiembre 25, 2011

Somos los detectives de nuestro padres. La directora revisa cartas y fotos de su pasado para entender qué fue lo que pasó.

O el extraño mundo de nuestros padres

(Publicado el el Artes y Letras, El Mercurio, el 25 de septiembre, 2011)

Es cierto que hemos comentado muchos documentales en este espacio últimamente, pero también es cierto que el documental chileno vive días de especial intensidad. Y si hay uno que no se puede dejar de considerar entre los mejores estrenos del año es El edificio de los chilenos, de Macarena Aguiló (con co-dirección de Susana Foxley). Ganadora del Fidocs 2010, la cinta aborda el Proyecto Hogares, creado por el MIR en el marco de la Operación Retorno. Cuando en 1978, la dirigencia del MIR comienza a incentivar el retorno clandestino a Chile de sus militantes exiliados decide dejar a buena parte de sus hijos en una comunidad, al cuidado de “padres sociales”. El objetivo era resguardar la integridad física de los niños y darles a los militantes la libertad para moverse en la clandestinidad. La consecuencia fue que cerca de 60 hijos de militantes comenzaron a vivir, todos juntos, a cargo de unos veinte “padres sociales”, primero en una casa de campo en Bélgica y luego en un edificio en el barrio de Alamar, a media hora de la Habana. Aguiló fue uno de esos niños, de forma que el documental es también una suerte de investigación sobre su propio pasado o, mejor dicho, del pasado de sus padres. Nunca se aplicó mejor la idea, creo que sintetizada de esta manera por Fabián Casas, de que los hijos son detectives de sus padres.

Han pasado apenas 30 años del Proyecto Hogares, pero parece que hubieran pasado dos siglos. El planeta donde se gestó y se llevó adelante por cerca de cuatro años, parece uno muy lejano de la Tierra. Y, sin embargo, ahí están los testigos, los testimonios. La cinta tiene la astucia de no cargar las tintas, de evitar los juicios severos, pero hay momentos en que es inevitable sentir ciertos escalofríos. Ahí está el ex militante, de colorida camisa, que mientras cuenta como dejó a su guagua de ocho meses en manos del proyecto, se quiebra y pide que detengan la grabación. Ahí el corto de animación que realiza uno de los compañeros de Aguiló, que a las finales es una historia de puro desarraigo. Ahí el otro compañero que siempre aceptó que sus padres querían un mundo más justo y los apoyó sin condiciones hasta hoy. Ahí está la madre de Aguiló tratando de explicar cómo se dieron las cosas, sin que el brillo de su inteligencia sea suficiente para explicarlo del todo. La misma Aguiló tiene la astucia de abrir la película con una breve escena en que aparece su propio hijo. Es una escena muy cotidiana, que pasa casi desapercibida, pero habla por contraste de lo que veremos: padres que voluntariamente dejaron a sus hijos, que cambiaron el calor del día a día por la lucha y una relación epistolar.

El tono leve, sin énfasis, con que Aguiló lleva el relato es engañoso. Te puede pillar volando bajo. Porque por su cinta pasa, nada menos, que la historia del siglo XX, una historia que terminó por dejar heridas muy concretas. Los rostros que muestra contienen aún los ecos de sus perturbaciones políticas, ideológicas y militares. Los dilemas que plantea no tiene respuestas ni rápidas ni precisas. A las finales, quizás, la película se alinea con la vieja idea de Tolstoi respecto a que las vidas de los hombres, si se miran suficientemente de lejos, no tienen libertad alguna. Terrible como suena para nuestra preciada individualidad, todos somos prisioneros de la gran marea que es el momento en que nos tocó vivir.

El edificio de los chilenos
Dirigida por Macarena Aguiló
Codirigida por Susana Foxley
Documental
Chile, 2010
96 min.

La muerte de Pinochet

septiembre 17, 2011

El socialista de viejo cuño que decidió disfrazarse de viejo pascuero a modo de resistencia.

Uso y abuso
(Publicado en Artes y Letras, el 4 de septiembre, 2011)

“Nadie es un santo para su mayordomo”. Este viejo dicho inglés sintetiza de manera elegante una realidad insoslayable: que basta con que alguien nos mire de cerca para que se entere de nuestras miserias. Todos tenemos pequeñeces, zonas patéticas, debilidades que a veces vienen de la misma constitución fisiológica y son, por lo tanto, irrenunciables. Como decía el papá de un compañero de colegio, cuando veía que alguno de nosotros estaba con una pena de amor: “Imagínatela sentada en el baño”. No era un remedio infalible, pero ayudaba.

Todos tenemos un lado patético. El verdadero misterio es que los seres humanos podamos ser dignos, heróicos, desinteresados, generosos, bellos, sabios, compasivos. Más misterioso aún es que alguna de estas cualidades se manifieste en quien, dada su historia, está lejos de calificar como el candidato ideal. Nos es raro que los relatos donde esto sucede nos hechicen desde principios de los tiempos, una larga tradición que comienza quizás con “El buen samaritano”.

Dar con el patetismo que todos acarreamos, en cambio, no requiere mayor esfuerzo. Es asunto de mirarse al espejo con un poco de sinceridad. Ahora, buscarlo en personas cuya conducta pública es abiertamente penosa, casi parece un abuso. Ése es, en el fondo, el gran problema de La muerte de Pinochet, el último documental de Bettina Perut e Iván Osnovikoff.

Los directores, que con Martín Vargas de Chile (2000) y Un hombre aparte (2001) colaboraron con la revitalización del documental chileno, esta vez arman una crónica en torno a la muerte del dictador en diciembre de 2006. Para ello recurren al relato y las imágenes de cuatro personajes, cuyos nombres no conocemos pero sí sus roles: uno es un hombre mayor, fan de Pinochet, presidente de la Corporación 11 de Septiembre; otro es una mujer, seguidora también de Pinochet, que luego de su muerte, pierde el quiosco que poseía en la Plaza de Armas, donde vendía flores artificiales elaboradas por su propia mano; el tercero es un obrero y militante socialista, que, decepcionado del rumbo del país y de la izquierda, decidió comenzar a disfrazarse de Viejo Pascuero en las manifestaciones, como forma de resistencia; el cuarto es un borrachín de Puente Alto, que terminó celebrando la muerte de Pinochet en la plaza Italia de pura casualidad. Cada uno a su manera, los cuatro parecen haber sido dejados de lado por el tren de la historia, botados a la orilla del tiempo, un rasgo común con los protagonistas de los primeros documentales de Perut y Osnovikoff.

La diferencia está en que, ahora, los directores los filman sin piedad. Primerísimos primeros planos de sus ojos, de su barba, de su piel y, en especial, de su boca permiten presenciar la disposición de los dientes o cuánto se le han recogido las encías por la edad. Peor aún, con excepción de la vendedora de flores, no podemos ver otra cosa que sus bocas mientras hablan. El resto de su cara o la expresión de su ojos queda fuera del plano. No sólo es un encuadre muy poco agradable para el espectador –lo que perfectamente podría ser una sensación buscada–, pero despoja de humanidad al personaje: ya no es una persona hablando, sino sólo una boca vieja, fea, degastada. Ver a los personajes destempleados gritando a la cámara fuera del hospital Militar el día de la muerte de Pinochet tampoco ayuda a darles dignidad. Lo mismo que observar al borrachín balbucera sobrepasado por los efectos del alcohol. Incluso los que celebran en la plaza Italia se ven, con la distancia que dan los cuatro años que han pasado, sobregirados, destemplados, lejos de una alegría gozosa.

Sí, nadie queda bien parado en este documental. Hay momentos en la cinta se permite cierta compasión con la señora de las flores, o cierta simpatía por la bronca tótemica del viejo socialista. Pero, lejos de quedarse allí, prefiere deleitarse en sus primerísismos planos, en su rebuscados y estéticos encuadres, en la fragmentación de los cuerpos, en dar con el efecto surreal o esperpéntico. Quizás la intención era mostrar el patetismo no de cuatro personajes, sino de una sociedad entera. ¿Eso haría más interesante la cinta? Díficil. Por mucho color que le pongan, lo cierto es que mirada de los directores no pudo ir más allá del cliché que, en el fondo, ya conocemos de sobra.

La muerte de Pinochet
Dirigida por Bettina Perut e Iván Osnovikoff
Documental
Chile, 2011
75 min.

Lucía, un debut prometedor

septiembre 17, 2011

(Publicado en Artes y Letras, 7 de agosto, 2011)

Lucía en su abigarrada casa


En el centro de Lucía, último estreno del cine nacional, está una secuencia que, en sí misma, justifica la existencia de la película. Lucía (Gabriel Aguilera), que trabaja como costurera en una fábrica de ropa de guagua, vive con Luis (Gregory Cohen), su padre, en una añosa casa de Recoleta. Él es un anciano que, en la práctica, todo el día vegeta frente a la televisión. Sin embargo, la manera cuidada con que habla, y diversos indicios en la casa saturada de fotos, imágenes, recuerdos inútiles, nos permite entender que tuvo un mejor pasado, en el que fue militante de izquierda, quizás pintor y posiblemente dueño de más de un perro. La cinta está ambientada en diciembre de 2006, para la muerte de Pinochet, que vemos a través de la televisión de Luis. De la misma manera vemos la funa a un ex torturador del régimen, el doctor Echeverría (Eduardo Barril). La notable secuencia, que está en el corazón de la película, muestra a Luis disfrazándose de viejo pascuero junto con Lucía para, luego de un largo recorrido por Santiago, llegar hasta una casa del barrio alto. Allí los recibe el mismo doctor Echeverría, que vemos como un abuelo chocho de sus nietos, entusiasta con la fiesta de Navidad y que lleva varios años contratando a Lucía y a Luis para que hagan su fantástica aparición frente a sus dos pequeños nietos. Durante esta noche no sucede nada que no haya sucedido en años anteriores, pero toda la secuencia es terrible, brutal, seca, filmada sin mayores énfasis pero dolorosa y abundante en comentarios políticos y económicos. Incluso se podría decir que buena parte de la historia reciente de Chile se sintetiza en esa secuencia. Su fuerza es tal que hace que el resto de la película, tanto antes como después, palidezca a su lado.

Lucía, como película, es un producto muy propio de lo que hoy se entiende como cine de festival. Planos largos y abiertos, una historia pequeña, fotografía exquisita, pocos personajes, gran relevancia en el paisaje, en este caso, el barrio de la Chimba y la casa de Lucía. Dirigida, escrita y fotografiada por el debutante Niles Atallah, la cinta enfrenta, a través de la composición y la saturación cromática, la acumulación de fotografías y recuerdos de la casa de Lucía con el mundo exterior, cada vez más limpio y despersonalizado, especialmente cuando Lucía visita uno de los nuevos edificios de departamento recién construidos en el barrio. Sí, la barroquísima casa de Lucía es el registro de un mundo en extinción, de un Chile y un estilo crepuscular, previo a la modernidad actual, que parece destinado a desaparecer en la marcha del tiempo y bajo la condena de la pobreza. Todo eso es “interesante”, como se suele decir. Sin embargo, también podría haber sido parte de un documental. Sin ir muy lejos, Aquí se construye, el espléndido documental de Ignacio Agüero (2000), toca teclas muy parecida en ese sentido. En lo que concierne a utilizar los recursos de la ficción propiamente tal, más allá de la estupenda secuencia comentada, Lucía logra crear muy poco más. Hay atmósfera de sobra, hay ciertos momentos “bonitos”, planos extremadamente bien compuestos, pero la cinta falla armar una trama mínima que le tensión a su estructura, momentos que le otorguen otras zonas de emoción, situaciones que abran los planos de lectura, en fin, otras razones para darle vueltas o recordarla. Con todo, como debut, Atallah ha logrado bastante y se inscribe con dignidad en la nueva corriente con que algunos realizadores jóvenes –y otros no tanto– le están cambiando la cara al cine chileno.

Lucía
Dirigida por Nile Atallah
Con Gabriela Aguilar, Gregory Cohen y Eduardo Barril
Chile, 2010
80 minutos

El tesoro de América: El oro de Pascua Lama

septiembre 17, 2011

Intenciones críticas

(Publicado en el Artes y Letras, 24 de julio de 2011)

El tesoro de América, en exhibición en el cine arte Alameda, es un documental sobre el proyecto Pascua Lama, una mina de oro a 4.500 metros de altitud, metida en la Cordillera de los Andes, entre glaciares y justo arriba del nacimiento del río Estrecho, un afluente del Huasco. La cinta, dirigida por Carmen Castillo, de quien antes vimos Calle Santa Fe (2007), relata los riesgos y las posibles consecuencias que este proyecto de la canadiense Barrick Gold tendrá en el valle del Huasco, da cuenta de la oposición ha tenido y termina cuestionando los efectos del mercado y el capitalismo en el destino de la Tierra. El documental, de hecho, cierra con la siguiente declaración, en voz de la misma directora: “Es porque nada está escrito de antemano, el destino del mundo puede jugarse también en un pequeño pueblo del desierto de Atacama”. En última instancia la cinta quiere hacer del problema de Pascua Lama una metáfora del desarrollo del neoliberalismo en Chile y, cómo no, de su dominio sobre el orbe. La analogía, sin embargo, en lugar de dejarse a cargo de la inteligencia del espectador, se remarca muy fuertemente, lo que genera dos problemas: limita que la película a una sola lectura posible y por apuntar tan alto descuida las bases que harían realmente consistente la crítica.

¿Es Pascua Lama un ejemplo de la extrema rapacidad sobre los recursos naturales que el capitalismo no sólo permite sino que incentiva? ¿Contaminará las aguas del río Huasco y arruinará las vidas de los setenta mil habitantes del valle? ¿Romperá el equilibrio de los glaciares y el abastecimiento de agua que permite la vida y la agricultura en sus alrededores? ¿O la zona se beneficiará con la actividad económica, el trabajo y el pago de impuestos que generará la mina? ¿No será una oportunidad para miles de personas para mejorar su calidad de vida? El tesoro de América nos entrega las preguntas, lo que ya es bueno, pero sobre las respuestas te deja algo huérfano.

Sí, al final de la cinta, uno tiene claro los pasos de Barrick y cómo fue cambiando de postura, incluido el bochornoso capítulo en que anunciaron que trasladarían los glaciares comprometidos, lo que nos entrega la nítida sensación de que, pese a las declaraciones que el director de comunicaciones de la compañía, las repercusiones de la explotación no fueron siempre correctamente evaluadas. Sí, uno tiene información de los riesgos que se corren con la apertura de la mina –contaminación de las aguas que alimentan el Huasco, ruina de sus fuentes cordilleranas–, pero ¿la cinta no da cuenta acaso de que el relave está en el lado argentino, lejos de las aguas chilenas? También se habla de que existirán dos canales que recogerán las aguas alrededor de la mina para que éstas lleguen limpias más abajo. ¿No son medidas adecuadas? La cinta no se da el trabajo de entrar en los detalles técnico del proyecto. Sugiere, sin embargo, a través del caso de Quillagua, un pequeño pueblo a orillas del Loa, que una temporada de lluvias sí puede provocar el desborde de un relave minero y contaminar sus aguas, como sucedió en 1998. Sin embargo, basta leer Wikipedia para enterarse de que Quillagua se viene dejando seco –y por lo tanto, despoblando– desde que las aguas del Loa comenzaron a usarse en Chuquicamata; y tuvo su golpe de gracia en 1987, cuando el Estado redujo el caudal de riego del pueblo a un tercio del vigente hasta entonces. Sí, Quillagua es un oasis que la minería secó, pero el Loa no es el Huasco y las proporciones de Chuquicamata no son las de Pascua Lama. ¿Son comparables ambos casos? ¿No hay otros casos más pertinentes de enfrentar? Los debe de haber.

Una vaguedad parecida tiene la cinta respecto al tema diaguita. Hay un buen número de representantes indígenas entrevistados a lo largo de la cinta, pero con excepción de las nítidas palabras de la abogada Nancy Yáñez, no queda claro las consecuencias de la explotación minera para esta comunidad. ¿Usan o usaban el sector de Pascua Lama para sus actividades pastoriles, productivas o ceremoniales? Nunca se especifica.

El tesoro de América es útil para sensibilizarse del tema de Pascua Lama si uno no lo hizo antes. A través de sus imágenes nos recuerda también lo arrebatador que es el valle del Huasco. Es destacable que se hayan dado el trabajo de conversar con la gente de Barrick, en especial con Peter Munk, fundador y presidente de la compañía, aunque se sienta cierta ingenuidad en la manera en que él y los otros empleados fueron interrogados. Pero, en general, hay que aplaudir el espíritu cuestionador de la cinta. Pero el resultado final viene a demostrar que, cuando se hace crítica, tener las intenciones no es suficiente. Se requiere cierto rigor, hacer las preguntas adecuadas, buscar donde hay que buscar, exprimir lo que hay que exprimir.

El tesoro de América / El oro de Pascua Lama
Dirigida por Carmen Castillo
Documental con apariciones de Enrique Correa, Alvaro García y Peter Munk, entre otros.
Chile, 2010
90 minutos

Metro cuadrado / Soledad en pareja

junio 12, 2011

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, el 12 de junio de 2011)

Metro cuadrado puede ser una de las sorpresas cinematográficas en lo que va del año. Corta, de estreno en una sola sala, filmada casi por entera en un departamento de la calle Mosqueto, pinta por fuera como el típico trabajo de graduación de un estudiante de cine. En realidad, es muchísimo más. La anécdota tampoco la describe del todo: una pareja de joven se acaba de mover a su departamento, y mientras pasan los días y aún desembalan cosas, la relación comienza a mostrar quiebres. Contada así, la estructura hace pensar en la clásica obra de teatro de living, donde los personajes se reúnen mientras esperan –algo o a alguien– y en la reunión se revelan las heridas, tragedias y rencores que se esconden bajo la amable apariencia burguesa. No, aquí no hay secretos atroces, ni confesiones dolorosas. Sólo un inasible vacío, un desgaste inconfesado e inmombrado y, por lo mismo, irremediable.

Francisca (Natalia Grez) se movió con Andrés (Álvaro Viguera) al departamento que alguna vez ocupó la mamá de Andrés (Consuelo Holzapfel). No está dicho, pero se puede deducir que sigue siendo el departamento de la suegra, y que ella se los arrienda más barato o se los presta. Andrés también arrastra una guapísima ex, Romina (Fernanda Urrejola), madre de su hijo. A esta ronda de personajes, que actúan como fantasmas al perturbar –o quizás revelar– el estado de la pareja, la misma Francisca aporta con su padre (Boris Quercia), un hombre herido, interiormente desfondado, y con Nico (Nicolás Poblete), un ex que todavía la busca. Mientras desarma cajas, la entrada y salida de estos personajes comienza a generar cierta desazón en Francisca, ya que son manifestaciones de la carga que ella y Andrés llevan a la relación, del pasado que arrastran y del que ni siquiera se atreven a conversar lo mínimo porque sería romper cierta “buena onda” que tratan de tener al respecto. Francisca y Andrés debieran estar con la energía de una pareja que comienza una nueva etapa, pero en lugar de eso parecen cansados, inmovilizados. La indiferencia de Andrés frente al abismo que se abre lentamente, en tanto, no hace más que producir más tristeza aún en Francisca.

Filmar todo esto de manera inteligente, sutil, sin énfasis melodramáticos, no es nada de sencillo, porque la acción es muy poca o muy leve, lo que deja poquísimo donde afirmarse. La directora chilena Nayra Ilic (1977), que debuta con este largometraje, sin embargo, sale muy bien parada del intento. Con planos abiertos, largos, que permiten que la realidad respire, logra crear un relato donde lo que se calla es tanto o más importante que lo que se dice, donde lo cinematográfico hace crecer lo apenas insinuado en el guión. La directora podría haber cometido el error, por ejemplo, de convertir el departamento en un lugar claustrofóbico, opresivo, pero, en lugar de eso, lo hace luminoso, limpio, agradable, disponible para la felicidad. La atmósfera que se acumula hacia el final de la cinta, sin embargo, termina por ser tristísima. Es Francisca y Andrés quienes no saben cómo encontrar su felicidad.

Hay algo de Carver en esta cinta, bastante de Escenas de la vida conyugal la famosa película de Bergman. Pero lo que cuenta Ilic es algo distinto de Carver o de Bergman. Ella pone a dos hijos de la burguesía chilena en un esfuerzo por iniciar una vida en común, pero que al parecer no tienen las herramientas para hacerlo. Están en pareja pero aislados por su historia. Metro cuadrado es una cinta sobre como uno puede estar en pareja y sentirse terriblemente solo al mismo tiempo. Hay que aplaudir que Ilic haya ido por este tema y, mejor aún, hay que aplaudir haya logrado capturarlo con éxito. Su película es contenida, enfocada, nítida y, ya está dicho, muy triste.

Metro cuadrado
Dirigida por Nayra Ilic
Con Natalia Grez, Alvaro Viguera y Fernanda Urrejola.
Chile 2011, 71 minutos
En exhibición sólo en el cine Arte Alameda.

Te creís la más linda (pero erís la más puta)

junio 15, 2010

Publicado en el Artes y Letras, el 2 de mayo, 2010:

Como quien no quiera la cosa

por Ernesto Ayala

Es raro que nos hayamos demorado tanto en Chile en tener una película como Te creís la más linda (pero erís la más puta). Parece tan sencilla de filmar, tan directa, tan liberada de pretensiones sin destino y, sin embargo, en la mayor parte de los casos, los cineastas locales han optado casi siempre por proyectos más ambiciosos, donde se muestran con más ganas que oficio, “autores” sin saber redactar con mediana claridad. Dada las modestas dimensiones de nuestro cine y nuestro mercado, debieran haber, a esta altura, muchas películas como Te creís la más linda…, cuando quizás sólo Y las vacas vuelan, de Fernando Lavanderos, y Sábado, de Matías Bize, pueden verse como antecedentes cercanos y, más atrás, mucho más atrás, Tres tristes tigres, de Ruiz.

El primer largometraje de Ché Sandoval, director que, dicho sea de paso, este año recién cumple 25 años, cuenta en lo esencial una noche y un amanecer de Javier (Martín “Callebli” Castillo), un tipo de 19 años, estudiante de música, al que le pena ser un eyaculador precoz. Mientras vaga por Providencia y Bellavista, piensa que su mejor amigo, Nicolás (Francisco Braithwaite), está seduciendo a Valentina (Camila Le Bert), una mujer de la que se enamoró hace pocos días y con la que no pudo desempeñarse en la cama como le hubiera gustado. Javier, entre otras cosas, está paranoico porque antes él sedujo a Francisca (Andrea Riquelme), la polola de Nicolás, y, aunque se lo confiesa a su amigo al inicio de la cinta, parece asustado por un posible ajuste de cuentas.

La cinta está filmada con video de alta definición, una cámara en mano bastante tranquila y un montaje reposado y cuidadoso, donde hay básicamente mucha calle y mucha conversación. Javier se revela como un tipo ansioso de cariño, de contacto, de comprensión, pero, a su pesar, extremadamente autoconciente, al punto de que siempre termina por explicitar en voz alta los mecanismos de la propia situación en que participa. Cuando se acerca a Valentina por primera vez y ella lo acepta, él, incrédulo, le dice: “¿La dura que estás tan pero tan sola en la vida que la hueva’ me resultó?”. Detrás de esta lucidez nihilista y escéptica, sin embargo, Javier, todo lo que quiere, es ser aceptado con lo pendejo y malo en la cama que es. Él tiene mucho de Holden Caufield, del antiguo Woody Allen, de los personajes con que Linklater, Kevin Smith o Martín Rejtman comenzaron sus películas. El entorno, por supuesto, no lo ayuda. En Te creís la más linda…, Sandoval ha creado un mundo sutil pero constantemente hostil. Es gente de clase media, corta de dinero, pero sin mayores preocupaciones económicas, que, por cierto, está muy lejos del equilibrio afectivo. Nicolás y Javier, mejores amigos, se tratan a punta de insultos y desprecios. Valentina y Francisca no son mucho más tiernas. Un amigo de Javier le paga por recibir un combo. Los padres, en la práctica, no existen. Los deseos de abrazo de Javier tienen poca recepción en un universo como éste, y sus maneras, directas, inmaduras y algo torpes, tampoco lo ayudan mucho. Javier se convierte así en un pequeño héroe entrañable, que, como puede verse en el estupendo plano final, pese a todo persiste.

Te creis la mal linda…, por cierto, no es una película tradicional –la trama es más episódica que encadenada; los personajes evolucionan poco y nada; el arco dramático es más bien difuso–, pero, bajo su apariencia suelta y descuidada, como quien no quiere la cosa, obtiene más verdades y aciertos que producciones de mucho más envergadura. Y no sólo muestra a un director que, por joven que sea, tienen muy claro lo que está haciendo, sino que contribuye a explorar un territorio –cine de calle y conversaciones– que deberíamos haber conquistado hace rato.

Te creís la más linda (pero erís la más puta)

Dirigida por Che Sandoval

Con Martín Castillo, Francisco Braithwaite, Camilla Le Bert y Grimanesa Jiménez.

Chile, 2007.

89 minutos