Archive for the ‘Cine en grande’ Category

Scarface y Shame

mayo 6, 2012

Solitarios, tristes y finales

Por Ernesto Ayala
(Publicado en Artes y Letras, el 6 de mayo de 2012)

Tipos solitarios trajo la cartelera esta semana. Solitarios e hijos, cada uno a su manera, del libre mercado. Comentaremos solo dos películas. A falta de espacio, dejaremos Drive de lado, por ahora.

Scarface es el clásico de 1983, que vuelve a reestrenarse tal como hace poco sucedió con El padrino o Titanic. Quizás no es la mejor cinta de Brian de Palma, pero por ambición, aliento y desencanto no se queda corta. Extraño destino de un director que hizo sus mejores cintas a punta de volver a filmar sus películas favoritas. Pero pese a trabajar con estos materiales usados, supo imprimir su mirada y su sello. Como pocos, De Palma ha sabido filmar el deseo, la tensión sexual, el desconcierto y la caída; hombres tomados por la ansiedad y la insatisfacción, sometidos finalmente a la derrota. En Scarface, Tony Montana (Al Pacino) escapa desde Cuba para hacerse una vida Miami. Es un tipo valiente, sin escrúpulos, que luego de deambular por la capital del sol, los bikinis y los autos deportivos, se da cuenta que no será nunca respetado sin dinero, y se dedica a conseguirlo al costo que sea. El narcotráfico será su área de trabajo e irá subiendo en economías de escala y riqueza hasta que ya no puede más consigo mismo. Entre escenarios recargados, casas fastuosas y constantes símbolos de dinero, es imposible no ver la película como una metáfora del capitalismo más desatado, al margen de toda ley y con la riqueza por toda ética. Escrita por Oliver Stone, la cinta no es precisamente una laguna de sutilezas, pero transpira rabia, desprecio y finalmente, como todo que Stone hizo después, un comentario moral, esta vez sobre un mundo donde el dinero ha pasado a ser más relevante que la amistad, la familia o el amor.

Shame, película del año 2011, es el segundo largometraje del británico Steve McQueen, director que primero hizo su fama en el video arte. La cinta sigue a Brandon (Michael Fassbender), un ejecutivo en los treinta y tantos, que trabaja frente a un computador con relativa eficiencia, vive en un departamento pequeño y moderno en Manhattan y sufre de una compulsión sexual que lo lleva a masturbarse constantemente, a contratar prostitutas y a conseguirse parejas ocasionales. Lo contenido y ordenado que es en su vida laboral, le permite y financia el desmadre en su vida privada. Pese al vacío existencial que rodea a Brandon, la cosas permanecen estables hasta que aparece su hermana, Sissy (Carey Mulligan), una mujer destemplada, que canta maravillosamente pero es inútil en todo lo demás. Ella, que es expansiva, dependiente y pobre, choca por supuesto con Brandon, que es cerrado, autónomo y acomodado. En una película de Cassavetes, estos personajes conversarían largas horas, con muchos cigarros y copas, hasta que algo saldría de ahí. En Shame, Brandon arranca. La presencia de su hermana perturba sus costumbres, son ojos ajenos en una intimidad que lo avergüenza. McQueen filma a su protagonista de una manera clínica, sin dramatizar, sin juzgarlo tampoco, más bien con cierta compasión, al tiempo que acumula una atmósfera tensa y opresiva. Muestra que para Brandon el sexo no es un motivo de alegría o felicidad, sino un placer que nunca logra ser del todo satisfecho, un dios sin entrañas. En ese sentido, Shame termina por ser una película muy triste, no porque sea melancólica, sino porque retrata una vida sin afectos, disociada, sin la posibilidad de compartir una intimidad. Puede ser funcional en el sentido laboral, satisfactoria en dinero y en placeres urbanos –el restorán de moda, el coqueteo en el happy hour–, pero, de nuevo, terriblemente corta en amistad, en familia y en amor.

A pesar de los casi 30 años que hay entre Scarface y Shame, a pesar que una está hecha desde el fuego y la otra desde el hielo, sus protagonistas parecen compartir cierto destino, una soledad buscada, es cierto, pero también muy propia del engranaje en que todos trabajamos día a día.

Scarface
Con Al Pacino, Michelle Pfeiffer y Steven Bauer
Dirigida por Brian de Palma
Estados Unidos, 1983
170 minutos

Shame
Con Michael Fassbender, Carey Mulligan y James Badge Dale
Dirigida por Steve McQueen
Gran Bretaña, 2011
101 minutos

El padrino / The Godfather

marzo 24, 2012


Lealtad que no perdona

Por Ernesto Ayala
(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, el 11 de marzo, 2012)

Aunque la ocasión del reestreno de El padrino (1972) no sólo lo amerita sino que lo exige, cuesta sintetizar en palabras una admiración que ha atravesado más de 20 años de la vida personal. ¿Por dónde empezar con esta película perfecta, enorme, melancólica, terrible, enigmática e inabarcable sin llenar este comentario de adjetivos hiperbólicos y rebuscados como los recién escritos? Por lo demás, ¿quién no ha visto El padrino a esta altura del partido? Y en este caso, verla es apreciarla. El padrino, a diferencia de otras películas fundamentales del cine, a diferencia de otras obras maestras del siglo XX, no requiere introducción ni explicación alguna: funciona solita, sin contextualización, sin necesidad de conocer la historia del cine ni la más mínima teoría del arte; sin esfuerzo alguno de parte del espectador, que, capturado por una narración firme pero casi invisible termina viajando por las casi tres horas de metraje sin la más mínima ocasión de protesta. De hecho, al contrario de las cintas de Tarkovski, las instalaciones de Beuys o la lectura de Beckett, esta película de Francis Ford Coppola no exige someterse un lenguaje particular para acceder a su grandeza. Está ahí, a flor de piel, tan a mano que, por momentos, cuesta creerlo.

Esta accesibilidad, sin embargo, llama a engaño cuando se trata de dar con las lecturas con que uno –como espectador, como crítico o como simple fan (y posiblemente todas las cosas a la vez)– trata de explicar el magnetismo último de la película. En apariencia, El padrino parece una cinta sobre la familia, donde un padre que le entrega el negocio familiar a un hijo renuente a tomarlo. En otro plano, parece una cinta sobre la verdad detrás del sueño americano. Con más certeza se puede leer como una cinta sobre las dinámicas de la autoridad y el poder. Sin embargo, sin desmerecer estas lecturas, pienso que, en última instancia, es una película sobre la lealtad.

Por un lado, es sobre lealtad que demanda el poder a cambio de su protección, una lealtad tan exigente que toda traición genera una muerte y se paga con otra. La traición de Carlo (Gianni Russo), que permite el asesinato de Sonny (James Caan) en el peaje de la autopista, lleva a Michael (Al Pacino) a dejar viuda a su hermana y sin padre a su ahijado. La traición de Tessio (Abe Vigoda), que tenía por fin asesinar a Michael, le cuesta su propia muerte. Y son muchas más: a lo largo de El padrino, no hay deslealtad sin muerte.

Sin embargo, las lealtades afectivas son tanto o más duras. Todo El padrino 1 puede verse como la historia de un hijo, Michael, que trata de ser más que el padre, lo que en este caso significa convertirse en un hombre honrado, universitario, héroe de guerra. Pero en última instancia, el amor al padre y la lealtad invisible e inconsciente que nace de este amor, le impide superarlo, ponerse en lugar superior, y termina por asumir exactamente el mismo destino del padre. Es interesante y terrible a la vez como Michael, que en un principio es un joven contenido pero alegre, comienza a ponerse cada vez mas taciturno y ausente a medida que se asume el rol de su padre. El poder, en vez de inflamarlo y darle seguridad, comienza, como una fuerza centrípeta, como un agujero negro, a hacerlo cada más introspectivo, más frío, más impermeable. Al principio de la cinta, durante el matrimonio de su hermana Connie, Michael le cuenta a Kay (Diane Keaton), su novia, la historia de cómo Johnny Fontane pudo convertirse en un cantante exitoso, un relato macabro que involucra a su padre, a un productor y a Luca Brasi (Lenny Montana) amenazando al productor con volar sus sesos sobre un contrato. Es una historia verdadera, que Michael relata con cierta distancia. Al final de la cinta, el mismo Michael, ahora impávido, sin titubear, frente a la misma Kay, que ahora es su esposa, miente al negar su participación en la muerte de Carlo. A continuación, en los últimos planos de la cinta, Kay ve como se cierra la puerta del despacho de su marido y con ello toda posibilidad de auténtica comunicación o intimidad. Para Michael, el amor hacia su padre, una lealtad profunda y quizás mal entendida, se termina por convertir en su lugar de encierro, en su fortaleza de soledad, en un destino incorregible. Si eso no es una tragedia, que más podría serlo.

PD: Reconozco que este comentario fue escrito sin ver la versión en pantalla grande. Pero después la vi. De ella hay mucho que decir, pero lo principal puede ser esto: es un placer mayor, ya que los claros oscuros creados por Gordon Willis realmente son violentos y dramáticos y es real que hay escenas en que no vemos los ojos de los personajes, lo que crea un efecto que aun funciona en plenitud. Lo segundo es el sonido: yo nunca había escuchado El Padrino con esa nitidez. El placer que provoca la copia en pantalla grande, lo repito, es mayor.

El padrino.
Dirigida por Francis Ford Coppola
Con Marlon Brando, Al Pacino y Robert Duvall.
Estado Unidos, 1972
173 minutos

The tree of life

diciembre 12, 2011


El árbol de la vida, la última cinta de Terrence Malick:
Imperfecta, inabarcable

(Publicado en Artes y Letras, el domingo 11 de diciembre, 2011)

¿Habremos perdido para siempre a Terrence Malick? La pregunta salta inevitable cuando uno ve su última cinta, El árbol de la vida. Parece impresionante que haya logrado financiamiento, especialmente en una industria con pocas ideas y mucha aversión al riesgo, como se ve hoy el grueso de Hollywood. Parece también muy extraño que vaya a estrenarse en Chile, pero ya está programada al menos para el festival de la revista Wiken del próximo enero, lo que, dicho sea de paso, es una gran noticia. Por extraña, inusual y desbocada que sea, la cinta es un acontecimiento cinematográfico de esos que tenemos una vez cada dos años.

Contar la trama de El árbol de la vida puede ser tan difícil como inútil. La oración: “La cinta cuenta la historia de…” podría tomar toda esta columna y quedar corta, porque incluye secuencias de la creación del universo, el nacimiento de la vida en la Tierra, la presencia de los dinosaurios y también su extinción. Ahora, todo eso es relativamente marginal, porque el centro de la cinta está en los recuerdos de Jack (Hunter McCracken), un niño que creció en Texas, a mediados de los cincuenta, como el mayor de tres hermanos, hijo de un padre cariñoso pero muy severo (Brad Pitt) y de una madre tierna, adorable y temerosa de su marido (Jessica Chastain). Estos recuerdos, de verano, de juegos al aire libre, de perros, de agua, de comidas y de árboles, se superponen con la vida actual de Jack (Sean Penn), como exitoso arquitecto de una gran ciudad llena de rascacielos, y con las reverberaciones de la muerte de su hermano, suponemos, en la guerra de Vietman.

Esto se entiende mejor después de ver El árbol de la vida por segunda vez, por supuesto. En la primera, se tiene la sensación de que se asiste a una sinfonía de imágenes, bellas, conmovedoras a veces pero conectadas únicamente por aspectos internos del encuadre, como por ejemplo el viento sobre las hojas de los árboles, las copas de árboles contra el sol, el sol cayendo en el horizonte, un río, un cierto movimiento de cámara, una música coral a medio camino entre la ópera y el sacramento, la semejanza que pueden tener las formaciones de nubes cósmicas con las cortinas de una casa movidas por el viento. Dicho de otro modo, la secuencia de imágenes es escasamente narrativa, sino que parece más bien comandada por una asociación libre, cierta música, un poderoso ánimo lírico.

En su ambición de abarcar a la vez lo majestuoso de la vida y lo sensual, el milagro jubiloso de la existencia y la certeza trágica de la muerte, Malick no encontró quizás una forma más adecuada. Hay aquí mucho de Whitman y su Canto a mí mismo, respecto a que cada hombre representa / contiene a todos los hombres. No poco de Borges, respecto a que un espacio, un momento, una mente puede contener todos los espacios, todos los momentos, todos los recuerdos. Aborda también, entre muchas otras cosas, la vieja pregunta de la narración, respecto si a acaso para contar cualquier historia lo justo no sería comenzar de atrás, de muy atrás. Hay cosas de las sólo puede hablarse a través de metáforas.

Con ese nivel de aspiraciones, no es raro que El árbol de la vida bordee el abismo del fracaso, lo irritante de la pretensión excesiva, la lata de lo ininteligible. Por momento lleva tan lejos en el estilo etéreo, atmosférico, envolvente que ha marcado especialmente sus dos últimas cintas –La delgada línea roja y El nuevo mundo– que casi se convierte en una parodia de sí mismo. Uno puede imaginarse ya a los publicistas largándose a copiar secuencias completas de El árbol de la vida para vender ropa, té o tarjetas de crédito. Con todo, la película se sobrepone a casi todos los fosos que abre a sí misma. Imperfecta, inabarcable, parece pensaba para mirarse al menos dos, o tres veces. Por debajo de sus imágenes corre una fibra, un misterio difícil de resolver, que sostiene el conjunto del derrumbe. Son imágenes espléndidas, espléndidas como se ven muy de tarde en tarde, pero contienen dolor, cierta incomodidad, el aire suspendido de las preguntas que, por mucho que lo deseamos, no se pueden resolver.

El árbol de la vida (The tree of life)
Dirigida por Terrence Malick
Con Sean Penn, Brad Pitt, Jessica Chastain.
Estados Unidos, 2011
139 minutos.