Archive for the ‘Cine independiente de USA’ Category

Blue Valentine

septiembre 23, 2011

Michelle Williams y Ryan Gosling en uno de los estrenos más triste pero logrados del 2011

La pregunta central

(Esto iba a ser publicado en Artes y Letras, pero no cupo. Así es que va aquí)

Su poster promocional puede llamar a engaño, pero Blue Valentine, de Derek Cianfrance, es la triste historia de una pareja. En secuencias que parecieran no tener orden, vemos cuando se conocen y vemos cuando ya tienen un hijo y están es una crisis que se ve con muy poca salida. La cinta recuerda en más de algo a esa gran película que es Two for the road (1967), de Stanley Donen, que también se hace cargo de una pareja a través la superposición de distintos momentos de su relación. Esta vez, sin embargo, no está el glamour de la rivera francesa, ni el humor leve característico de Donen. En Blue Valentine, Dean (Ryan Gosling) y Cindy (Michelle Williams) son de clase trabajadora y el desgaste de su relación no es fácil de definir ni de nombrar, lo que es parte del problema. Cuando las crisis de pareja son tan dolorosas e inescapables, es muy extraño que las películas no se hagan más cargo de ellas. A cada rato vemos historias de amor, pero en realidad son historias de enamoramientos. Nadie te enseña lo que pasa después. Buena parte de la belleza de esta cinta, está en hacerse cargo de ese vacío. Buena parte está también en el amor y respeto que tiene por sus personajes, jóvenes, desorientados, heridos. Buena parte está en el coraje con que aborda la pregunta central en toda crisis de pareja: ¿cómo sales de un lugar en el que no sabes bien cómo entraste?

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Elogio a Kelly Reichardt

junio 1, 2011

Esta directora, aún poco conocida entre nosotros, es una de las voces más nítidas del cine norteamericano actual. Sus películas son difíciles pero no imposibles de encontrar. Ojo con ella.

(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio,  el 29 de mayo, 2011)

Si una novela se cuenta a otra persona con demasiada facilidad existe una buena posibilidad de que no sea muy buena, ya que el auténtico corazón de la novela no está en la anécdota, en lo que sucede, sino en lo que queda entre las líneas, en lo que es innarrable más que a través de la novela misma. Lo mismo, creo, se aplica a la películas. Son logradas y mediocres no sólo por la historia que relatan sino porque logran o no trasmitir algo que sólo puede decirse a través del cine. Dicho de otra forma, una película potente es inimaginable en otro soporte. Las cintas de Kelly Reichardt (1964) buscan esa especificidad. Quizás no tienen una vocación masiva, pero nadie le puede negar la cinematográfica.

Old joy, de 2006, su segunda cinta, que vimos en Chile gracias al Sanfic, relata el encuentro de dos amigos que no se ven hace tiempo para ir de trekking a unas termas. No se ven hace tiempo no porque se hayan peleado sino simplemente porque ahora tienen estilos de vida distintos. Antes hacían estos paseos a cada rato, y discutían de política y se curaban, pero hoy el protagonista tiene una señora, un hijo y un trabajo. El otro sigue viviendo como siempre, sin trabajo, sin dinero, sin auto, con mucha libertad y mucho discurso. En el paseo mismo sucede poco: se pierden, duermen en un lugar horrible, luego dan con la ruta, caminan a través de un bosque, llegan a una termas solitarias. Lo importante, sin embargo, es todo de lo que no sea habla. La radio que suena con un debate político, el paisaje americano desdibujado, el paisaje americano aún intacto, caminar en el bosque, como el tiempo interviene sobre la amistad, como algunas cosas sobreviven. Reichardt filma sin énfasis, casi sin música, sin subrayar nada, dejando que las cosas se manifiesten sutilmente. Es una cinta triste y al mismo tiempo feliz, que te deja dando vuelta imágenes y sensaciones que se niegan a ser reducidas fácilmente.

En Wendy and Lucy, de 2008, que también llegó a Chile gracias al Sanfic, Reichardt vuelve a poner la acción en Oregon. Wendy (Michele Willlians) es una mujer en sus veintes, algo perdida, que va camino a Alaska con muy poco dinero. Lucy es su perra y su compañera. El auto se avería, Wendy se queda sin comida para Lucy y, por tratar de robar algo en el supermercado para ella, es apresada y la perra se pierde. Con un estilo que, de nuevo, es una suerte de actualización del neorealismo, Reichardt enfrenta los deseos de libertad y escape de Wendy con la precariedad de su realidad económica. Su inocencia se topa, a la vez, con un país desmembrado y algo demoníaco, que sin embargo aún manifiesta una humanidad no extinta del todo. Menos contemplativa que su cinta anterior, es más dura pero, además, triste de una manera difícil de explicar.

Meek’s Cutoff, su última cinta, de 2010, que ojalá que el próximo Sanfic logre traer, vuelve a Oregon, pero al Oregon de 1845. Sí, es un western, un giro radical en la corta obra de Reichardt. Basada en una historia real, cuenta la travesía de unos pioneros por un desierto, guiados por Sthepen Meek (Bruce Greenwood), que resultó no conocer el territorio como él decía hacerlo, con nefasta consecuencias. Ambientación de época, largos travellings, un reparto de conocidos secundarios, música incidental, estreno en la competencia oficial de Venecia 2010, ésta debe ser la cinta de más presupuesto de la directora. Con todo, sigue siendo muy Reichardt. Extremo realismo, montaje calmo y de pocos énfasis, atención al paisaje pero también a los detalles íntimos, una angustia muy concreta –en este caso la falta de agua– que genera tensión en un relato que, al mismo tiempo, termina por adquirir un aire abstracto, existencial, incluso bíblico. No en vano recuerda al cine de Malick. Quizás no es la cinta más emotiva de Reichardt, pero vuelve reiterar su interés por la tensión entre el paisaje americano y las personas por circulan por él; los conflictos entre el orden político/ecónomico y el individuo; las diferencias entre el sueño, la aspiración, y lo que la realidad finalmente permite; lo escaso que es al final el encuentro y la intimidad.

Camino a la redención (The burning plain)

junio 15, 2010

Publicado el 18 de abril, 2010, en Artes y Letras, El Mercurio, Santiago.

Perseguidos por el pasado

Aunque aún es difícil predecirlo en este momento, puede que Guillermo Arriaga termine consignándose como el verdadero autor detrás de Amores perros, 21 gramos y Babel, películas dirigidas por Alejandro González Inárritu, en las que Arriaga sólo fue el guionista. Desde que la dupla de mexicanos dejó de trabajar en conjunto, ciertamente que Arriaga está haciendo méritos obtener dicho reconocimiento. Camino a la redención, estreno de la semana pasada y primer largometraje que el guionista dirige, vuelve a recurrir a su sello de fábrica: contar una historia coral y aparentemente desmembrada, donde el destino de todos los personajes, sin embargo, están entrelazados, como el rompecabezas de un gran fresco. Esta vez la acción sucede a la vez en Óregon y Nuevo México. En Óregon vemos a Silvia (Charlize Theron), la anfritriona de un sofisticado restaurante junto al mar, infeliz, que se acuesta con el primer hombre que se lo propone y se auto infiere heridas con la misma frialdad. Hasta allí un mexicano que comienza a seguirla. En Nuevo México, Gina (Kim Basinger), madre de cuatro niños, está enamorada de un hombre que no es su marido y su hija adolescente, Mariana (Jennifer Lawrence), poco a poco se da cuenta.

Como es habitual en las películas escritas por Arriaga, muchas veces vemos primero las consecuencias de un acto y luego sus causas. Se podrá discutir mucho de las ventajas y desventajas de romper la linealidad del relato de manera tan explícita, pero lo cierto esto permite enfriar lo contado, si se puede decir, distanciarlo de las emociones más inmediatas y mover los énfasis. Como se vio en Amores perros y en 21 gramos, las historias inventadas por Arriaga abundan en giros y efectos melodramáticos. No queremos contar más detalles de la trama de Camino a la redención, pero si pudiéramos resumir sus eventos en orden cronológico, no estaríamos muy lejos del barroquismo habitual del culebrón latinoamericano. Pero contado como está, con ida y venidas y grandes elipsis, el relato queda más cerca de una novela realista y algo audaz. En otras palabras, es melodrama para espíritus refinados. El quiebre del relato lineal también permite trasladar los énfasis desde el comienzo de la historia hacia su final, desde las causas a las consecuencias, ya que los personajes se presentan, en buena parte, cuando ya ha pasado la gran crisis, viviendo en la áspera estela de sus acciones previas. En ese sentido, Camino a la redención es una película más madura que Babel, donde detrás de la toda la pirotecnia visual no habían más coincidencias algo rebuscadas, destinos que se cruzaban por error o simples necesidades del guión. Aquí el pasado en una presencia más robusta, más densa, más cargada, más asfixiante. Somos la consecuencias de nuestros actos y su sombra no nos deja fácilmente.

Frente a Camino a la redención es válido, sin embargo, preguntarse si un melodrama merece un envase tan cool, tan buscadamente sofisticado. ¿Sus verdades simples no merecen acaso una forma más simple? Con todo lo interesante que puede resulta la cinta, hay algo en ella que te deja frío, distante, fuera del compromiso emocional que estos relatos suelen acarrear. El efecto, posiblemente, es buscado, pero ¿es necesario? Hay algo en las opciones de Arriaga que se siente manierista, artificioso, complacido más por la forma que por el fondo, más fiel quizás a una manera de contar las cosas que a las resonancias de lo contado.

Camino a la redención
Dirigida por Guillermo Arriaga.
Con Charlize Theron, Kim Basinger, Jennifer Lawrence .
Estados Unidos, 2008
107 minutos

(500) days of Summer

marzo 15, 2010

A todo el mundo pareció gustarle 500 días con ella ((500) days of Summer). A mí me pareció simpática la primera vez que la vi. La segunda me pareció un trampa para desprevenidos. Publiqué este comentario en el Artes y Letras, de El Mercurio, el domingo 14 de mayo, 2009:

500 días con ella

Emociones predigeridas

Por Ernesto Ayala

Las buenas películas francesas, especialmente cuando uno piensa en las cinta de Renoir, parecen no tomarse el amor muy en serio y, sin embargo, filman el proceso de enamorarse y desamorarse con mucho cuidado, como si todo lo que hay de apasionado, de frágil y de ridículo en el hombre se juntara en un solo lugar y a una sola hora. El resultado, en las mejores ocasiones, es un individuo retratado con distancia, pero también con respeto por sus virtudes, defectos e innegables matices. Una cinta como 500 días con ella, recién estrenada, actúa en cambio de manera totalmente inversa: parece tomarse el amor muy en serio, pero lo filma a la ligera, como si un par de postales y algunas bonitas canciones bastaran para dar cuenta del enorme movimiento de fuerzas que significa experimentar el amor.

Hay que admitir que en un principio la cinta se ve como una vuelta de tuerca a la típica película romántica. Una voz en off, masculina, de mayor edad que los personajes y explícitamente literaria –como el narrador de una novela a fin de cuentas–, dice: “Esta es una película de chico conoce a chica, pero usted debe saber de inmediato que no es una historia de amor”. Luego, mediante números que se intercalan en la pantalla nos enteramos que veremos los 500 días del romance fallido entre Tom (Joseph Gordon-Levitt) y Summer (Zooey Deschanel), un redactor de tarjetas village y una asistente de su oficina, en un Los Angeles que está filmado sin playas y con muchos departamentos y lluvia, como si fuera Nueva York pero sin mucho frío, lo que se puede explicar, en parte, porque se trata del Los Angeles mental del protagonista, que pese a redactar tarjetas de regalo en realidad quiere ser arquitecto. Sí, Tom es un tipo con inquietudes estéticas y buen corazón, lo que pone a la cinta, como bien lo escribió Daniel Villalobos en http://somosblogs.cl/cine/2010/la-formula-500-dias-de-verano, en el súbgenero de romance entre chico sensible y chica especial. La película va y viene de un momento a otro de la relación, sin que el espectador nunca se pierda gracias a que cada momento está señalizado con alguno de los 500 días en cuestión. En este ir y venir la cinta logra algunos de sus momentos más interesantes, al mostrar los contrapuntos –a medio camino entre lo cómico y lo trágico– entre el comienzo del romance y su fin.

Sus logros, sin embargo, no llegan más lejos de sacar algunas sonrisas y trasmitir cierta tierna compasión por el protagonista, que, también hay que decirlo, está en buena medida manipulada por la omnipresente y demasiado fácil banda sonora. Esto se debe a que la cinta, dirigida por Marc Webb, un ex director de video clips, simplemente tiene muy poco de cine. No hay plano en la cinta que dure más de seis o siete segundos. Incluso en escenas donde todo lo que sucede es una conversación entre Tom y Summer, el director satura con distintos ángulos y no deja tiempo para que los actores suelten más que una línea o realicen un único gesto. Todo está compartimentado y segmentado, picado y pulido para entregar una y solo una sensación, un único significado. Summer toma sorpresivamente la mano de Tom y vemos un primer plano de ambas manos. El alaba la sonrisa de Summer y vemos un primerísimo plano de ella sonriendo. No hay misterio, no hay duda, la película no tiene respiración propia. Los aciertos de los que vemos en pantalla son aciertos del guión, que, sin embargo, también se somete a la lógica de la segmentación y la obviedad. Emociones predigeridas, instantáneas como el puré en polvo, listas para sentir sin trabajo alguno. Esto no es cine. Es televisión en pantalla grande.

500 días con ella

Dirigida por Marc Webb

Con Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel.

Estados Unidos , 2009

95 minutos.