Archive for the ‘Comedia’ Category

Balada triste de trompeta

mayo 6, 2012

¿Qué le pasó a Alex de la Iglesia?

Por Ernesto Ayala
(Publicado en Artes y Letras, El Mercurio, 22 de abril, 2012)

Cuesta creer que alguna vez nos haya gustado Alex de la Iglesia (1965). ¿Fue él quien se perdió o fuimos nosotros los que estábamos perdidos cuando sus películas sí nos gustaban? Reconozco, abiertamente y en primera persona, que no reviso ninguna de sus películas hace años. De modo que, con la arrogancia propia de un crítico de cine, tiendo a creer que fue él quien se perdió.

Sus películas siempre han combinado el comentario político con la cita cinematográfica, pero al mismo tiempo solían resguardar a sus personajes. Por irreales que fueran los planteamientos o los desenlaces de la tramas, desde Acción mutante (1993) hasta La comunidad (2000), o incluso en Crimen ferpecto (2004), los personajes de este director español eran rabiosamente posibles, francamente humanos, miserables a veces, irritantes en otras, pero casi siempre muy necesitados. Ahora que esta humanidad parece totalmente extinta en Balada triste de trompeta, cinta del año 2010 pero recién estrenada en Chile, resulta evidente que ella era la piedra angular de su cine, que permitía juntar las partes y mantener el castillo en pie. Sin el amor por sus personajes, el cine de de la Iglesia cae en el homenaje cinematográfico formal; en el comentario político redundante -ya que sus ideas, por interesantes que sean, no dan para sostener una película entera-; y, por último, en esa tendencia al esperpento tan propia del cine español, recurso que hace mucho rato que perdió su brillo, sí alguna vez lo tuvo.

Balada triste… comienza en la guerra civil española, con un ejército republicano que entra en un circo y obliga a sus miembros a incorporarse a su bando. En el combate inmediato son vencidos y uno de los payasos (Santiago Segura) es tomado prisionero. Pasan dos grandes elipsis, estamos en los años setenta, y Javier (Carlos Areces), el hijo de aquel payaso, comienza a trabajar en un circo como el “payaso triste”, el que recibe las bofetadas del “payaso gracioso”, que se llama Sergio (Antonio de la Torre) y que fuera del escenario es cualquier cosa menos gracioso, ya que destila arrogancia, bebe como quien respira y golpea a su novia, la bella Natalia (Carolina Bang), una de las acróbatas. Los problemas para Javier empiezan cuando él también se enamora de Natalia, que, para colmo, le coquetea descaradamente. La guerra entre ambos payasos se dispara a punta de efectos del guión y más temprano que tarde estamos en un final épico/hichcockiano en la cruz que corona el Valle de los Caídos, en las cercanías de Madrid. Para ver la metáfora de la cinta no hay que tener un doctorado en Lacan precisamente: los dos payasos (los dos bandos de la guerra civil) terminan desfigurándose la cara y destrozándose por una mujer que no sabe lo que quiere (España). Para mayor énfasis, el director del circo lo dice literalmente en algún momento del desenlace: “No somos nosotros. Es este país el que no tiene remedio”.

De la Iglesia desarrolla a sus personajes con tanta pereza que incluso al protagonista no le da más que una o dos características. El resto parece apenas la sombra de un cortejo. En su lugar, suma escena tras escena, violentas, enfáticas, con una prisa tan evidente que la narración se hace inconexa, errática y, en vez de acumular atmósfera, peso o emoción, parece ir disgregándose entre los gritos, los balazos y la sangre.
Sí, cuesta creer que este mismo director hace algunos años nos hizo reír, gozar y, al mismo tiempo, sentirnos muy incómodos. Pero seamos optimistas. Quizás la culpa no es que de la Iglesia esté, creativamente hablando, convertido en un moribundo. Quizás la culpa es de la guerra civil española. A final -y a riesgo de pecar de frívolo- una de las peores consecuencia de esta guerra y de la consiguiente dictadura de Franco, la vivimos hoy en un cine español que vuelve y otra vez a estos períodos con, casi sin excepción, nefastas consecuencias. Si una película española va por la guerra civil, conviene arrancar o ponerse a resguardo.

Balada triste de trompeta
Dirigida por Álex de la Iglesia
Con Carlos Areces, Antonio de la Torre, Carolina Bang
España, 2010
107 minutos.

The Descendants

febrero 1, 2012

Matt King (Clooney) conversa con uno de sus tantísimos primos (Beau Bridges) sobre las tierras que están a punto de vender en Hawai.

Los descendientes:
La líquida identidad de los hombres

Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, 29 de enero, 2012)

Antes que nada, hay que reconocerle a Alexander Payne (Las confesiones de Schmidt, Entre copas) el coraje de filmar contracorriente, historias sin pistolas ni persecuciones en auto pero tampoco dramas hiperbólicos, elegidos de la crónica roja o de una mente que imagina que el sufrimiento sólo existe en situaciones extraordinarias. No, sus historias tratan de hombres bastante simples, relativamente acomodados, que enfrentan momentos cruciales de su vida; historias bastante silvestres y pegadas a la tierra para los términos actuales de Hollywood, a las que Payne, sin embargo, logra sacarles encanto y brillo.

Los descendientes, recién estrenada esta semana, abre con la voz en off de Matt King (George Clooney), un abogado de Hawai, cuya mujer está en coma por culpa de un accidente en lancha. Pronto nos enteramos de que también tiene dos hijas, a las que nunca le ha dedicado el tiempo suficiente, y de que, junto a un lote de primos, es el heredero de un enorme fundo virgen en una de las islas del archipiélago, quizás el último fundo que queda intacto en Hawai y por el cual está recibiendo millonarias ofertas. La acción comienza a moverse cuando la mujer de King empeora. Pese a esta premisa, bastante más trágica que la propuesta en sus cintas anteriores, Payne se las arregla, sin embargo, para mantener cierto humor en el relato. Consigue el efecto a través del registro de Clooney, que cuando quiere saca algo de payaso, de exagerar la caracterización de otros personajes y del uso de la música, algo omnipresente, que ayuda a marcar las escenas, algunas veces más de lo necesario, lo que es un defecto demasiado expandido en la industria como para condenar a Payne al respecto. Hay mucho riesgo en llevar el tono a medio camino entre la tragedia y la comedia, pero el director obtiene a cambio que el espectador baje la guardia y se sienta muy cercano a King, pese a que la cinta, por ejemplo, mencione poco y nada de su responsabilidad en la distancia que creó con su esposa o con su hijas. King, de hecho, se ve como un buen tipo, sensato, sensible, paciente, demasiado bueno. La larga voz en off de King, que abre la película, está ahí para hacer aún más inmediata esta identificación.

Vista así, uno podría creer que Los descendientes es sólo una película cálida, con un protagonista muy querible y algunos de los trucos habituales para engatusar al espectador. Sin embargo, Payne va más allá. El drama de King es al final un problema de identidad. En lugar de gozar pacíficamente de la estabilidad que significa bordear los cincuenta años de edad, su alrededor se vuelve líquido, un territorio sin formas que amenaza con disolver su lugar en el mundo. Su mujer resulta no ser la que él pensaba que era, sus hijas son también una caja de sorpresas y el ancla con sus antepasados ¬–el fundo heredado- está pronta a caer bajo el avance de la modernidad. La identidad de King queda entonces bajo fuego y el hombre debe reconstituirla con los pocos recursos que tiene a mano. El dilema, en otros contextos, es parecido al que en Las confesiones de Schmidt enfrenta Warren (Jack Nicholson) cuando se jubila y no sabe qué hacer con el resto de su vida o el de Miles (Paul Giamatti) en Entre copas, que lleva años deprimido en el fracaso de no haberse convertido en el escritor que imaginó que alguna vez sería.

Últimamente se suele creer que sólo las mujeres tienen problemas de identidad, al verse tensionadas entre su vida familiar y su realización laboral. Sin embargo, las cintas de Payne nos recuerdan que los hombres también vivimos interrogados respecto a lo que quisimos ser y no fuimos, respecto a lo que creemos ser y en realidad somos.

Los descendientes
Dirigida por Alexander Payne
Con George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller
Estados Unidos, 2011
115 minutos.

Larry Crowne y Bridemaids

noviembre 14, 2011


Comedias desde esquinas opuestas
(Publicado en el Artes y Letras, el 13 de noviembre, 2011)

Dos comedias se estrenaron esta semana. Una se pasa de lista, la otra quizás de ingenua. Partamos por la segunda.

Larry Crowne, el segundo largometraje dirigido por Tom Hanks, cuenta la historia de Larry (Tom Hanks), un empleado de una mega tienda de hogar y herramientas que, pese a rozar los cincuenta años de edad y a que trabaja con el empeño de un calvinista, lo despiden producto de la crisis económica que golpea a Estados Unidos. Poco antes de eso se ha separado, y ambos hechos confluyen en que la vida de Larry, que parecía la vida de un norteamericano medio relativamente bien establecido, repentinamente se descarrila, y queda sin referencias, huérfano del mundo que parecía cobijarlo. La cinta relata, entonces, como Larry debe partir de nuevo, comenzar su vida desde cero cuando tiene la edad en que muchos comienzan mirar la futura jubilación con cierto cariño. No vamos a entrar en detalles, pero en esta nueva vida, Larry descubre el placer de aprender, reduce las escalas de sus pertenencias pero a recibe a cambio el sabor de la libertad y la compañía que da el amor. La cinta es, por supuesto, indudablemente política, ya que no cuesta mucho ver a Larry como metáfora del destino actual de Estados Unidos. Como actor, Tom Hanks ha construido sistemáticamente la representación del norteamericano medio, bonachón, bien intencionado, quizás no muy inteligente pero con el corazón siempre puesto en el lugar correcto. Con Larry Crowne expande esta representación al ponerse en el papel de un hombre maduro, golpeado por una crisis económica, que en lugar de dedicar a lamerse las heridas, sale del hoyo enérgicamente, reinventado, más pobre pero mucho más feliz. Ojalá fuera tan fácil, sin embargo. Ojalá la vida tratara a los hombres y a los países con la gentileza con que trata a Larry Crowne, ojalá fuera tan sencillo salir adelante desde la ruina económica, desde la soledad afectiva. Cuando Hanks, como coguionista y director, propone que basta con tener una actitud positiva, abierta a los otros y desprendida para recibir las bendiciones del saber y del amor, peca de la misma ingenuidad y simplificación que criticamos en los libros de autoayuda. Su mirada no llega ser boba, porque la cinta suma algunos puntos, especialmente en torno a Julia Roberts que no ha perdido ni una gota de su encanto, pero es demasiado candorosa como para tomarse en serio como retrato –o comentario– del Estados Unidos de Obama.

Damas en guerra, por lado, aparece al otro lado de la escala de ingenuidad. Dirigida por Paul Feig, cuenta la historia de Annie (Kristen Wiig), una mujer que ha pasado la mitad de los treintas, no tiene carrera, no tiene pareja y es un despelote andando. Pese a todo, su vida no se encamina realmente al caos hasta que debe ser la dama de honor su mejor amiga (Maya Rudolph). Allí sufre la competencia de la perfecta Helen (Rose Byrne), que pone en evidencia sus debilidades como nunca imaginó y todo se cae a pedazos. La película es una suerte de versión femenina de las películas de Judd Apatow (Virgen a los 40), el hombre cuya mafia domina hoy la comedia de Hollywood. En Apatow los hombres, en su inmadurez congénita, resultan incapaces de entenderse con las mujeres y prefieren, por lo tanto mantenerse a salvo entre sí mismos. En Damas en guerra, las mujeres muestran está misma clase de inmadurez, a lo que se agrega un ánimo competitivo, cierto apetito sexual y el desparpajo para salirse de madre. No todos son atributos propiamente femeninos, sin embargo, la cinta no se complica con estos aspectos de género, no pretende ni quiere crear un nuevo paradigma, sino que simplemente aprovecha a estas mujeres para ponerlas en lugares donde, en la comedia al menos, suelen estar los hombres. Los resultados son a veces cómicos, a veces no tanto. Con todo, la cinta es una efectiva respuesta a la estupidez intolerable de cosas como Sex and the city. Estas mujeres lucen más humanas, más queribles y, por cierto, más atractivas. La mordacidad de la cinta, por lo demás, no es pura impostura. Tiene algunos dientes. No serán todos los pretende tener, pero los tiene.

Larry Crowne
Dirigida por Tom Hanks
Con Julia Roberts, Tom Hanks y Sarah Mahoney
Estados Unidos, 2011
98 minutos

Damas en guerra
Dirigida por Paul Feig
Con Kristen Wiig, Maya Rudolph y Rose Byrne
Estados Unidos, 2011
125 minutos

Friends with benefits

octubre 2, 2011

Logros de la complicidad
(Publicado en Artes y Letras, el 2 de octubre de 2011)

Mila Kunis y Justin Timberlake en Amigos con beneficios, que es como se llamó la película en Chile.

Amigos con beneficios podría convertirse en la Cuando Harry conoció a Sally (1989) de la generación Facebook. No es poco. Tiene Nueva York, es cómica, está repleta de personajes secundarios exquisitos y uno se enamora de Mila Kunis como antes nos enamoramos de Meg Ryan, y peor posiblemente, ya que Kunis es morena, y entre una morena y una rubia, ya se sabe, no hay donde perderse. Además, Jamie, la headhunter que interpreta Kunis, no llora por los hombres, sino que, cuando se comportan miserablemente, los manda a joder con apenas un parpadeo. Pero, antes de hacer eso, es aguda, rápida, divertida y lo suficientemente sensible como para estar atenta a la persona que tiene al frente. Sí sigue siendo válido ir al cine para enamorarse un poco, frente a Jamie/Kunis uno se enamora. Es difícil decir algo parecido frente a Justin Timberlake, que interpreta a Dylan, un director de arte que es reclutado por Jamie para que trabaje para la revista GQ. Pese a que con sus constantes desnudos nos recuerda que tiene un cuerpo envidiable, le falta el ingenio mordaz que los hombres respetamos en nuestros amigos y que sí tenía el personaje de Billy Cristal, quejumbroso, neurótico, contestatario. Timberlake/Dylan es un más exitoso, superficial, sofisticado, reprimido en lo emocional pero de gestos exagerados, afeminados. ¿Está más cercano al tipo de hombre ideal de hoy? Vaya uno a saber.

Dylan y Jamie se hacen amigos y en un momento, como lo anuncia le título de la cinta, deciden hacer el amor prometiéndose que, pase lo que pase después, no dejarán de ser amigos. Por supuesto, no resulta como lo habían planeado. Al mismo tiempo, en una simetría quizás demasiado evidente entran en juego la madre de Jamie y el padre de Dylan y comenzamos a entender de dónde provienen las respectivas trancas emocionales de cada uno.

La cinta está escrita con astucia y mucha autoconciencia. Jaime y Dylan comentan todo el tiempo los clichés de comedias románticas y se ríen de ellos, lo que no les permite, sin embargo, escapar a un destino muy propio del género. Con todo, los incontables guiños, así como las múltiples cochinadas que salen en los diálogos aquí y allá, permite crear complicidad con el público adulto, algo así como si la película te estuviera diciendo: es una comedia romántica, vale, lo sabemos, pero eso no significa que seamos unos tarados ni unos noños.

Si la cinta corre pero no vuela se debe quizás a las limitaciones de su director, Will Cluck, que filma y monta su tercera cinta con demasiada rapidez. Poco planos duran más de cinco segundos; las conversaciones, que son muchas, son armadas casi siempre en un vulgar plano y contra plano; deja poco espacio a la reacciones de los personajes, menos aún a los silencios; no sabe qué hacer con los planos abiertos. En el fondo, su puesta en escena carece de poder visual, de auténtica inteligencia, y le debe demasiado a la retórica televisiva y poco a Howard Hawks, cuyas comedias debería ver con más atención.

Gluck, está lejos de ser un inepto, en todo caso. Antes dirigió Fired Up! (2009) y Rumores y mentiras (2010), dos cintas muy por sobre el promedio de la industria actual. La primera, en una suerte de homenaje a Una eva y dos adanes (1959), era una comedia sobre dos tipos en el colegio que deciden cambiar el equipo de football por el de cheerleader para tener incontables mujeres a su alcance. Cómica, liviana y bien armada, funcionaba en lo que prometía. La segunda era una abierta versión de la Letra Escarlata, donde una chica virgen comienza a sacar ventaja de los rumores sexuales que corren sobre ella en el colegio. De nuevo, sin ser Ciudadano Kane, la cinta lograba acertar sobre el poder de la mentira o de la ficción, según cómo se crea.

Pese a lo pedestre de su estilo, en Amigos con beneficios, Gluck logra acumular emoción sobre sus personajes. Hay calidez en la manera en que se relacionan, hay comprensión por los defectos del otro, se alcanzan a vislumbrar algo de lo que pasa tras sus ojos y lo que pase con sus destinos termina por importarnos, lo que significa que respetamos a quienes vemos en la pantalla. Cuando la comedia romántica ha resultado un género tan sobreexplotado en los últimos 20 años, ver una que se tome el trabajo de tomar en serio tanto a su personajes como a su público, resulta refrescante.

Amigos con beneficios
Friends with benefits
Dirigida por Will Gluck
Con Mila Kunis, Justin Timberlake and Patricia Clarkson.
Estados Unidos, 2011
109 minutos

Crazy, Stupid, Love

septiembre 17, 2011

Steve Carell y Julianne Moore como una pareja en crisis.

¿El amor es más fuerte?

(Publicado en Artes y Letras, el 21 de agosto, 2011)

¿Somos lo que parecemos? Quizás estamos más determinados por nuestro aspecto físico de lo que estamos dispuestos a reconocer. ¿Las largas piernas de Cameron Díaz, su melena rubia, su figura perfecta, su sonrisa-derriba-murallas no han tenido acaso una injerencia directa en que se haya convertido en un actriz juguetona, sexy, divertida y liviana? Una actriz tanto o más guapa, de su misma generación, como Gwyneth Paltrow, más pálida, más más flaca y débil, de ojos menos pícaros, ha optado, en cambio, por roles más introspectivos, melancólicos, trágicos. ¿O es nuestra personalidad la que adapta nuestro físico a sí misma? Uno tiende a creer en la preeminencia de lo físico, porque es más difícil de modificar, porque es lo que la gente primero ve de uno y, por lo tanto, determina la manera en que uno es tratado, lo que a su vez determina la forma en uno se entiende a sí mismo. Ahí está Steve Carrell, por ejemplo: el próximo año cumple cincuenta y aún tiene cara de buen tipo, de hombre bonachón, tranquilo, muy en el promedio, ni muy feo ni muy aventajado, medio invisible de lejos, simpático y vivo de cerca. No es casualidad que sus roles cinematográficos hayan estado entre el bobo (Súper agente 86 y Una cena para tontos) y el hombre común, perno, sometido a tensiones sexuales para las que no se siente preparado (Virgen a los cuarenta; Dan, un tipo con suerte; Una noche fuera de serie). Loco y estúpido amor, estreno de esta semana, viene a sumar una pincelada más a este último retrato, que tiene mucho de entrañable, porque al final todos los hombres nos sentimos, en determinado momento, sin las herramientas adecuadas para manejar las tensiones a las que nos sentimos sometidos.

En Loco y estúpido amor, Carrell es Cal Weaver, un marido bonachón, padre de tres hijos, con un trabajo anodino en una corporación que sin embargo le permite tener una casa en los suburbios, con un bonito jardín que se esmera en cuidar. Las zapatillas que usa con dockers revela que no es un hombre precisamente excitante, pero se le ve tranquilo con sus 25 años de matrimonio, hasta que su mujer, Emily (Julianne Moore), mientras conversan sobre qué postre pedir en un restorán, le suelta a bocajarro que quiere el divorcio. Luego, en el auto, le cuenta que se ha acostado con un compañero de oficina. Cal no quiere –no puede– escuchar más y se baja del auto mientras está andando. Comienza, entonces, su larga caída. Son los primeros cinco minutos de la cinta.

El guión de Dan Fogelman, que básicamente ha escrito películas para Disney, es apretado, cómico en algunos momentos, contiene más de alguna sorpresa algo forzada y varios convencionalismo gastados, que se manifiestan sobre todo hacia el cierre de la cinta (más sobre eso en un momento). Con todo, deja espacio para la caída de Cal, que se mueve a un departamento pequeño y trata de pasar sus penas en un bar donde las mujeres no lo consideran ni por asomo. Hasta que el siempre bien vestido Jacob (Ryan Gosling), que en el mismo bar levanta mujeres como quien cosecha hongos después de la lluvia, decide apadrinarlo y volver a conectarlo con su masculinidad. La cinta, dirigida por Glenn Ficarra y John Requa (I love you Phillip Morris), no cumple, sin embargo, lo que hasta ahí promete. La mentada búsqueda de la masculinidad se reduce a comprar ropa nueva, un nuevo corte de pelo, un poco de gimnasio y a aprender a levantar minas en el bar. En el intertanto, Cal reconoce que extraña a su mujer y a su familia, y mediante el refuerzo de historias paralelas, la cinta traslada su energía hacia el ideal del amor único, incondicional, que nace del encuentro con el alma gemela. Es un ideal romántico, conmovedor en muchos sentidos, una ilusión –utópica o no– que no deja de tener su encanto, pero al plegarse a él de manera tan incondicional, la cinta pierde buena parte del filo que mostró en un principio y, peor aún, se permite escabullir los verdaderos problemas que llevaron a Cal y Emily al quiebre, que ciertamente van más allá de su infidelidad. Pese a los enredos, a las muchas cosas que suceden a lo largo del relato, la cinta insiste en mantenerse opaca en esta materia, al punto de hacer inconscientes a a Cal y a Emily y, de pasada, a la película misma. Si uno está dispuesto a tragarse esta rueda de carreta, la cinta sin embargo ofrece algunas observaciones interesantes, dolorosas y a veces crueles de la mano del personaje con el que Steve Carrell ha tenido la lucidez de insistir.

Loco y estúpido amor
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa
Con Steve Carell, Ryan Gosling, Julianne Moore y Kevin Bacon.
Estados Unidos, 2011
118 minutos.

Blake Edwards (1922-2010): El hombre que sabía demasiado

septiembre 17, 2011

Publicado en Artes y Letras, 19 de diciembre 2010

Dudley Moore en una foto promocional de La mujer 10

El jueves murió un gran hombre llamado Blake Edwards. Tenía 88 años, dos matrimonios, cuatro hijos y había dirigido algunas de las comedias más memorables jamás filmadas. No fue una mala vida, y quienes nos hemos reído y emocionado con sus películas tenemos hacia él una profunda gratitud por el placer que nos regaló.

Edwards fue un director que siempre trabajó al interior de los estudios de Hollywood. Ellos fueron su fortaleza pero también su condena. Mientras estuvo congraciado con la industria y el público pudo filmar joyas como Desayuno en Tiffanys (1961), La fiesta inolvidable (1968) y algunas de sus mejores Pantera Rosa.

Pero cuando tuvo fracasos, y los tuvo en abundancia, debió que batallar en proyectos que no encontraban financiamiento y enfrentar el abierto menosprecio de sus habilidades cinematográficas, así como intervenciones y pellejerías de todo orden en una industria con poca memoria, al punto que arrancó a Europa como una forma de liberarse de la mediocridad que lo rodeaba. No poco de eso está reflejado en la cómica pero amarga S.O.B., de 1981. Pero persistió y llegó a tener un último, y generoso, periodo de productividad al acercarse y pasar los sesenta años de edad, que comenzó con la inolvidable La mujer diez (1979) y siguió con, entre otras cosas, Victor Victoria (1982), Micki and Maude (1984), Cita a ciegas (1987) y El mujeriego (1989).

Edwards es uno de los últimos directores clásicos. Creyó siempre en la composición del encuadre, en los planos abiertos pretelevisivos, en los travelings y el montaje pausado, en el relato lineal, en el humor visual, en el poder del diálogo ingenioso y elegante. Hizo un cine de apariencia tradicional, muy estilizado, donde, especialmente en su primera etapa, abundaban las mujeres bien vestidas, los autos deportivos, los ambientes sofisticados. Incluso rescató mucho de la comedia slaptick, esto es, la comedia de cachetadas, de humor físico, de gags, de tallas, que reinó durante el cine mudo. Su linaje cinematográfico provenía de Ernest Lubitsch y seguía con Billy Wilder, pero, como bien lo describió en 1968 el crítico Andrew Sarris, terminó por separarse en un camino propio:

“Edwards es de una cepa más nueva, post Hitler, post Freud, post mala leche, con el sentimentalismo pegajoso de la música electrónica. El mundo que celebra es frío, sin corazón e inhumano, pero la gente en él se las arregla para preservar una propia integridad e individualidad”.

Frente al cine clásico, más sereno, rectilíneo y racional, Edwards ofrece desencanto, curvas, desestabilidad, humor corrosivo y a veces cruel. En sus películas parece que el mundo estuviera siempre a punto de desarmarse, de quebrarse; las certezas se disuelven y los personajes abandonaron su sensatez, aunque, al mismo tiempo, luchan por recuperar algún resto de coherencia interna.

El problema es que cuando Edwards estaba filmando la comiquísima La fiesta inolvidable, John Cassavettes, apenas siete años menor, ya estaba estrenando su sexta película, Faces. Scorsese estaba en los comienzos de su carrera con Who’s Knocking at my door. Y Goddard, si queremos reafirmar el punto definitivamente, ya había realizado prácticamente todas sus películas importantes. Al lado de estos revolucionarios de la forma, Edwards no pintaba precisamente como un vanguardista. Así, cayó en el medio de generaciones. No fue lo suficientemente viejo para que ser rescatado por la crítica del Cahiers du Cinéma, ni lo suficientemente joven para integrarse a la ola de Coppola, Scorsese, De Palma, Bogdanovich, Ashby y Arthur Penn, los grandes nombres que marcaron el cine de los setenta.

El Edwards tardío, sin embargo, aunque nunca intentó pasarse de listo y subirse al carro de los nuevos estilos, se abrió a un cine más personal, donde se acercó al realismo, la crítica social y los dilemas de su entorno. Esa línea de películas, menos estilizadas y más carnales, tienen una apertura perfecta con La mujer diez. La cinta, un enorme éxito de taquilla que hizo de Bo Derek el ícono sexual de los ochenta, tiene su verdadera estrella en Dudley Moore, que interpreta a un hombre en la crisis de la mediana edad, que se enamora de un bombón de veinteytantos. Alcohólico, insatisfecho, tímido pero persistente, es la encarnación del hombre enfrentado a deseos que lo sobrepasan, lo superan y le hacen arriesgar la vida solo para después dejarlo botado, decepcionado, a la deriva. Las mujeres de Edwards rara vez se vieron así de perdidas: son fuertes, claras, intensas, enteras, apasionadas. Los hombres, en cambio, son tomados por demonios que los llevan a las orillas mismas de la disolución, desde donde tienen que nadar de vuelta, a duras penas, hasta un lugar donde puedan respirar medianamente a salvo. Si eso no es una reflexión sobre el macho contemporáneo, es dificil saber qué los es. El chiste es que Edwards sabía contar este doloroso proceso entre enredos y risas, como quien no quiere la cosa, con la levedad de la verdadera gracia.

(500) days of Summer

marzo 15, 2010

A todo el mundo pareció gustarle 500 días con ella ((500) days of Summer). A mí me pareció simpática la primera vez que la vi. La segunda me pareció un trampa para desprevenidos. Publiqué este comentario en el Artes y Letras, de El Mercurio, el domingo 14 de mayo, 2009:

500 días con ella

Emociones predigeridas

Por Ernesto Ayala

Las buenas películas francesas, especialmente cuando uno piensa en las cinta de Renoir, parecen no tomarse el amor muy en serio y, sin embargo, filman el proceso de enamorarse y desamorarse con mucho cuidado, como si todo lo que hay de apasionado, de frágil y de ridículo en el hombre se juntara en un solo lugar y a una sola hora. El resultado, en las mejores ocasiones, es un individuo retratado con distancia, pero también con respeto por sus virtudes, defectos e innegables matices. Una cinta como 500 días con ella, recién estrenada, actúa en cambio de manera totalmente inversa: parece tomarse el amor muy en serio, pero lo filma a la ligera, como si un par de postales y algunas bonitas canciones bastaran para dar cuenta del enorme movimiento de fuerzas que significa experimentar el amor.

Hay que admitir que en un principio la cinta se ve como una vuelta de tuerca a la típica película romántica. Una voz en off, masculina, de mayor edad que los personajes y explícitamente literaria –como el narrador de una novela a fin de cuentas–, dice: “Esta es una película de chico conoce a chica, pero usted debe saber de inmediato que no es una historia de amor”. Luego, mediante números que se intercalan en la pantalla nos enteramos que veremos los 500 días del romance fallido entre Tom (Joseph Gordon-Levitt) y Summer (Zooey Deschanel), un redactor de tarjetas village y una asistente de su oficina, en un Los Angeles que está filmado sin playas y con muchos departamentos y lluvia, como si fuera Nueva York pero sin mucho frío, lo que se puede explicar, en parte, porque se trata del Los Angeles mental del protagonista, que pese a redactar tarjetas de regalo en realidad quiere ser arquitecto. Sí, Tom es un tipo con inquietudes estéticas y buen corazón, lo que pone a la cinta, como bien lo escribió Daniel Villalobos en http://somosblogs.cl/cine/2010/la-formula-500-dias-de-verano, en el súbgenero de romance entre chico sensible y chica especial. La película va y viene de un momento a otro de la relación, sin que el espectador nunca se pierda gracias a que cada momento está señalizado con alguno de los 500 días en cuestión. En este ir y venir la cinta logra algunos de sus momentos más interesantes, al mostrar los contrapuntos –a medio camino entre lo cómico y lo trágico– entre el comienzo del romance y su fin.

Sus logros, sin embargo, no llegan más lejos de sacar algunas sonrisas y trasmitir cierta tierna compasión por el protagonista, que, también hay que decirlo, está en buena medida manipulada por la omnipresente y demasiado fácil banda sonora. Esto se debe a que la cinta, dirigida por Marc Webb, un ex director de video clips, simplemente tiene muy poco de cine. No hay plano en la cinta que dure más de seis o siete segundos. Incluso en escenas donde todo lo que sucede es una conversación entre Tom y Summer, el director satura con distintos ángulos y no deja tiempo para que los actores suelten más que una línea o realicen un único gesto. Todo está compartimentado y segmentado, picado y pulido para entregar una y solo una sensación, un único significado. Summer toma sorpresivamente la mano de Tom y vemos un primer plano de ambas manos. El alaba la sonrisa de Summer y vemos un primerísimo plano de ella sonriendo. No hay misterio, no hay duda, la película no tiene respiración propia. Los aciertos de los que vemos en pantalla son aciertos del guión, que, sin embargo, también se somete a la lógica de la segmentación y la obviedad. Emociones predigeridas, instantáneas como el puré en polvo, listas para sentir sin trabajo alguno. Esto no es cine. Es televisión en pantalla grande.

500 días con ella

Dirigida por Marc Webb

Con Joseph Gordon-Levitt y Zooey Deschanel.

Estados Unidos , 2009

95 minutos.