Archive for the ‘Pop corn’ Category

The Descendants

febrero 1, 2012

Matt King (Clooney) conversa con uno de sus tantísimos primos (Beau Bridges) sobre las tierras que están a punto de vender en Hawai.

Los descendientes:
La líquida identidad de los hombres

Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, 29 de enero, 2012)

Antes que nada, hay que reconocerle a Alexander Payne (Las confesiones de Schmidt, Entre copas) el coraje de filmar contracorriente, historias sin pistolas ni persecuciones en auto pero tampoco dramas hiperbólicos, elegidos de la crónica roja o de una mente que imagina que el sufrimiento sólo existe en situaciones extraordinarias. No, sus historias tratan de hombres bastante simples, relativamente acomodados, que enfrentan momentos cruciales de su vida; historias bastante silvestres y pegadas a la tierra para los términos actuales de Hollywood, a las que Payne, sin embargo, logra sacarles encanto y brillo.

Los descendientes, recién estrenada esta semana, abre con la voz en off de Matt King (George Clooney), un abogado de Hawai, cuya mujer está en coma por culpa de un accidente en lancha. Pronto nos enteramos de que también tiene dos hijas, a las que nunca le ha dedicado el tiempo suficiente, y de que, junto a un lote de primos, es el heredero de un enorme fundo virgen en una de las islas del archipiélago, quizás el último fundo que queda intacto en Hawai y por el cual está recibiendo millonarias ofertas. La acción comienza a moverse cuando la mujer de King empeora. Pese a esta premisa, bastante más trágica que la propuesta en sus cintas anteriores, Payne se las arregla, sin embargo, para mantener cierto humor en el relato. Consigue el efecto a través del registro de Clooney, que cuando quiere saca algo de payaso, de exagerar la caracterización de otros personajes y del uso de la música, algo omnipresente, que ayuda a marcar las escenas, algunas veces más de lo necesario, lo que es un defecto demasiado expandido en la industria como para condenar a Payne al respecto. Hay mucho riesgo en llevar el tono a medio camino entre la tragedia y la comedia, pero el director obtiene a cambio que el espectador baje la guardia y se sienta muy cercano a King, pese a que la cinta, por ejemplo, mencione poco y nada de su responsabilidad en la distancia que creó con su esposa o con su hijas. King, de hecho, se ve como un buen tipo, sensato, sensible, paciente, demasiado bueno. La larga voz en off de King, que abre la película, está ahí para hacer aún más inmediata esta identificación.

Vista así, uno podría creer que Los descendientes es sólo una película cálida, con un protagonista muy querible y algunos de los trucos habituales para engatusar al espectador. Sin embargo, Payne va más allá. El drama de King es al final un problema de identidad. En lugar de gozar pacíficamente de la estabilidad que significa bordear los cincuenta años de edad, su alrededor se vuelve líquido, un territorio sin formas que amenaza con disolver su lugar en el mundo. Su mujer resulta no ser la que él pensaba que era, sus hijas son también una caja de sorpresas y el ancla con sus antepasados ¬–el fundo heredado- está pronta a caer bajo el avance de la modernidad. La identidad de King queda entonces bajo fuego y el hombre debe reconstituirla con los pocos recursos que tiene a mano. El dilema, en otros contextos, es parecido al que en Las confesiones de Schmidt enfrenta Warren (Jack Nicholson) cuando se jubila y no sabe qué hacer con el resto de su vida o el de Miles (Paul Giamatti) en Entre copas, que lleva años deprimido en el fracaso de no haberse convertido en el escritor que imaginó que alguna vez sería.

Últimamente se suele creer que sólo las mujeres tienen problemas de identidad, al verse tensionadas entre su vida familiar y su realización laboral. Sin embargo, las cintas de Payne nos recuerdan que los hombres también vivimos interrogados respecto a lo que quisimos ser y no fuimos, respecto a lo que creemos ser y en realidad somos.

Los descendientes
Dirigida por Alexander Payne
Con George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller
Estados Unidos, 2011
115 minutos.

Killer elite

febrero 1, 2012

Jason Statham en Killer Elite

Jason Statham haciendo de, bueno, Jason Statham, un tipo que odia su trabajo pero es tan pro que no puede evitarlo.


Asesinos de elite: Statham lo hace otra vez
Por Ernesto Ayala

(Publicado en Artes y Letras, 15 de enero, 2012)

El jueves se estrenó Asesinos de elite. La historia es tan esperable que llega a dar un poco de risa: Danny, un mercenario de altísimo nivel, una máquina de matar que jamás falla pero que no por eso deja de tener su corazón, el actor Jason Statham nada menos, que ha hecho el mismo papel casi una docena de veces, decide retirarse del “negocio”, pero entonces un jeque secuestra a su mentor y socio, Robert DeNiro, que tiene por su haber otro tanto de papeles por el estilo, para obligar a Danny a hacer un último trabajo, que por supuesto es complicadísimo y lo pone en la mira de un ex militar de elite (Clive Owen), otro asesino profesional, dispuesto a todo con tal de proteger un importante secreto de sus ex camaradas. Una frase basta y sobra incluso para los detalles. ¿Hace falta decir más? La película tiene explosiones al por mayor, peleas a puño limpio, persecuciones en autos, tiroteos, escenarios a lo ancho del mundo, pocos diálogos y muchísimas miradas matadoras. Vista con humor es una delicia de lugares comunes, que no resiste mayor análisis.
El punto, sin embargo, y esto nos hace comentarla, es Jason Statham.

¿Cómo puede ser que este actor inglés, de poco pelo, marcada mandíbula y eterna barba de dos días esté convertido en un género en sí mismo? Ya se sabe, hay actores que son como camaleones: engordan, enflaquecen, un día hace comedia, otro día un drama, otro una de acción, como Leonardo DiCaprio. Otros, sólo son capaces de hacer un personaje, pero lo hacen bien o, al menos, con cierto encanto, como Woody Allen. Statham es, no cabe duda, de los últimos. Desde que el sobregirado pero extremadamente ondero director Guy Ritchie lo descubrió para Juegos trampas y dos armas humeantes, en 1998, el hombre ha hecho casi treinta películas, ninguna de ellas gran cosa, si hacemos una excepción con Collateral (2004), donde tiene un papel pequeño, y La estafa maestra (2003), cinta que tenía su qué. Pese a esto, el hombre es consciente, al parecer, de que sus talentos actorales funcionan siempre y cuando no lo exijan mucho. A punta de insistir en roles de ladrones, mercenarios y asesinos a sueldo, todos siempre muy profesionales, esencialmente solitarios, extremadamente bien vestidos, donde la manera en que toma una pistola o conduce un automóvil puede llegar a muchísima más expresiva que cualquier esfuerzo de rostro, Statham, sin embargo, ha hecho de sus limitaciones su éxito, lo que no deja de tener algo de admirable.

Su figura, por lo demás, insiste es un estereotipo que tiene ciertas zonas oscuras. Sí, el es macho recio, que esconde sus sentimientos y prefiere hablar con los hechos en lugar de las palabras, una figura cuyo máximo expositor cinematográfico fue John Wayne, pero que también se encarnó en Humphrey Bogart, Clint Eastwood, Robert Duvall, James Coburn o Bruce Willis. Statham, como varios de su raza, también es un símbolo sexual, sin embargo, en sus cintas rara vez lo vemos con una mujer, menos aún teniendo sexo casual a la James Bond. No, su personaje está más cerca del monje solitario, del experto que pago su aprendizaje con la soledad, aislado afectivamente de cualquier relación y de todo pasado. Wayne era noble porque quería u odiaba intensamente. Eastwood, porque buscaba siempre una reparación, en la moral o en la sangre. Willis, porque siempre es un derrotado que trata de pararse de las cenizas. Statham no tiene aún nobleza –y si sigue haciendo la misma basura de siempre capaz que nunca la alcance–, pero en sus personajes vemos al profesional condenado al ostracismo por un trabajo que hace mejor que nadie, pero que ha terminado por odiar. ¿Signo de los tiempos? Capaz que sí. Statham está constantemente tratando de rebelarse contra las cadenas de la especialización, contra la condena de ser bueno en algo que se detesta. En esto, y no es las infinitas escenas de puñetazos, puede estar la razón de que el público acepte verlo una y otra vez en películas que de distintas sólo tienen el nombre.

Asesinos de elite
Dirigida por Gary McKendry
Con Jason Statham, Robert de Niro y Clive Owen.
Estados Unidos y Australia, 2011
116 minutos.

Larry Crowne y Bridemaids

noviembre 14, 2011


Comedias desde esquinas opuestas
(Publicado en el Artes y Letras, el 13 de noviembre, 2011)

Dos comedias se estrenaron esta semana. Una se pasa de lista, la otra quizás de ingenua. Partamos por la segunda.

Larry Crowne, el segundo largometraje dirigido por Tom Hanks, cuenta la historia de Larry (Tom Hanks), un empleado de una mega tienda de hogar y herramientas que, pese a rozar los cincuenta años de edad y a que trabaja con el empeño de un calvinista, lo despiden producto de la crisis económica que golpea a Estados Unidos. Poco antes de eso se ha separado, y ambos hechos confluyen en que la vida de Larry, que parecía la vida de un norteamericano medio relativamente bien establecido, repentinamente se descarrila, y queda sin referencias, huérfano del mundo que parecía cobijarlo. La cinta relata, entonces, como Larry debe partir de nuevo, comenzar su vida desde cero cuando tiene la edad en que muchos comienzan mirar la futura jubilación con cierto cariño. No vamos a entrar en detalles, pero en esta nueva vida, Larry descubre el placer de aprender, reduce las escalas de sus pertenencias pero a recibe a cambio el sabor de la libertad y la compañía que da el amor. La cinta es, por supuesto, indudablemente política, ya que no cuesta mucho ver a Larry como metáfora del destino actual de Estados Unidos. Como actor, Tom Hanks ha construido sistemáticamente la representación del norteamericano medio, bonachón, bien intencionado, quizás no muy inteligente pero con el corazón siempre puesto en el lugar correcto. Con Larry Crowne expande esta representación al ponerse en el papel de un hombre maduro, golpeado por una crisis económica, que en lugar de dedicar a lamerse las heridas, sale del hoyo enérgicamente, reinventado, más pobre pero mucho más feliz. Ojalá fuera tan fácil, sin embargo. Ojalá la vida tratara a los hombres y a los países con la gentileza con que trata a Larry Crowne, ojalá fuera tan sencillo salir adelante desde la ruina económica, desde la soledad afectiva. Cuando Hanks, como coguionista y director, propone que basta con tener una actitud positiva, abierta a los otros y desprendida para recibir las bendiciones del saber y del amor, peca de la misma ingenuidad y simplificación que criticamos en los libros de autoayuda. Su mirada no llega ser boba, porque la cinta suma algunos puntos, especialmente en torno a Julia Roberts que no ha perdido ni una gota de su encanto, pero es demasiado candorosa como para tomarse en serio como retrato –o comentario– del Estados Unidos de Obama.

Damas en guerra, por lado, aparece al otro lado de la escala de ingenuidad. Dirigida por Paul Feig, cuenta la historia de Annie (Kristen Wiig), una mujer que ha pasado la mitad de los treintas, no tiene carrera, no tiene pareja y es un despelote andando. Pese a todo, su vida no se encamina realmente al caos hasta que debe ser la dama de honor su mejor amiga (Maya Rudolph). Allí sufre la competencia de la perfecta Helen (Rose Byrne), que pone en evidencia sus debilidades como nunca imaginó y todo se cae a pedazos. La película es una suerte de versión femenina de las películas de Judd Apatow (Virgen a los 40), el hombre cuya mafia domina hoy la comedia de Hollywood. En Apatow los hombres, en su inmadurez congénita, resultan incapaces de entenderse con las mujeres y prefieren, por lo tanto mantenerse a salvo entre sí mismos. En Damas en guerra, las mujeres muestran está misma clase de inmadurez, a lo que se agrega un ánimo competitivo, cierto apetito sexual y el desparpajo para salirse de madre. No todos son atributos propiamente femeninos, sin embargo, la cinta no se complica con estos aspectos de género, no pretende ni quiere crear un nuevo paradigma, sino que simplemente aprovecha a estas mujeres para ponerlas en lugares donde, en la comedia al menos, suelen estar los hombres. Los resultados son a veces cómicos, a veces no tanto. Con todo, la cinta es una efectiva respuesta a la estupidez intolerable de cosas como Sex and the city. Estas mujeres lucen más humanas, más queribles y, por cierto, más atractivas. La mordacidad de la cinta, por lo demás, no es pura impostura. Tiene algunos dientes. No serán todos los pretende tener, pero los tiene.

Larry Crowne
Dirigida por Tom Hanks
Con Julia Roberts, Tom Hanks y Sarah Mahoney
Estados Unidos, 2011
98 minutos

Damas en guerra
Dirigida por Paul Feig
Con Kristen Wiig, Maya Rudolph y Rose Byrne
Estados Unidos, 2011
125 minutos

Friends with benefits

octubre 2, 2011

Logros de la complicidad
(Publicado en Artes y Letras, el 2 de octubre de 2011)

Mila Kunis y Justin Timberlake en Amigos con beneficios, que es como se llamó la película en Chile.

Amigos con beneficios podría convertirse en la Cuando Harry conoció a Sally (1989) de la generación Facebook. No es poco. Tiene Nueva York, es cómica, está repleta de personajes secundarios exquisitos y uno se enamora de Mila Kunis como antes nos enamoramos de Meg Ryan, y peor posiblemente, ya que Kunis es morena, y entre una morena y una rubia, ya se sabe, no hay donde perderse. Además, Jamie, la headhunter que interpreta Kunis, no llora por los hombres, sino que, cuando se comportan miserablemente, los manda a joder con apenas un parpadeo. Pero, antes de hacer eso, es aguda, rápida, divertida y lo suficientemente sensible como para estar atenta a la persona que tiene al frente. Sí sigue siendo válido ir al cine para enamorarse un poco, frente a Jamie/Kunis uno se enamora. Es difícil decir algo parecido frente a Justin Timberlake, que interpreta a Dylan, un director de arte que es reclutado por Jamie para que trabaje para la revista GQ. Pese a que con sus constantes desnudos nos recuerda que tiene un cuerpo envidiable, le falta el ingenio mordaz que los hombres respetamos en nuestros amigos y que sí tenía el personaje de Billy Cristal, quejumbroso, neurótico, contestatario. Timberlake/Dylan es un más exitoso, superficial, sofisticado, reprimido en lo emocional pero de gestos exagerados, afeminados. ¿Está más cercano al tipo de hombre ideal de hoy? Vaya uno a saber.

Dylan y Jamie se hacen amigos y en un momento, como lo anuncia le título de la cinta, deciden hacer el amor prometiéndose que, pase lo que pase después, no dejarán de ser amigos. Por supuesto, no resulta como lo habían planeado. Al mismo tiempo, en una simetría quizás demasiado evidente entran en juego la madre de Jamie y el padre de Dylan y comenzamos a entender de dónde provienen las respectivas trancas emocionales de cada uno.

La cinta está escrita con astucia y mucha autoconciencia. Jaime y Dylan comentan todo el tiempo los clichés de comedias románticas y se ríen de ellos, lo que no les permite, sin embargo, escapar a un destino muy propio del género. Con todo, los incontables guiños, así como las múltiples cochinadas que salen en los diálogos aquí y allá, permite crear complicidad con el público adulto, algo así como si la película te estuviera diciendo: es una comedia romántica, vale, lo sabemos, pero eso no significa que seamos unos tarados ni unos noños.

Si la cinta corre pero no vuela se debe quizás a las limitaciones de su director, Will Cluck, que filma y monta su tercera cinta con demasiada rapidez. Poco planos duran más de cinco segundos; las conversaciones, que son muchas, son armadas casi siempre en un vulgar plano y contra plano; deja poco espacio a la reacciones de los personajes, menos aún a los silencios; no sabe qué hacer con los planos abiertos. En el fondo, su puesta en escena carece de poder visual, de auténtica inteligencia, y le debe demasiado a la retórica televisiva y poco a Howard Hawks, cuyas comedias debería ver con más atención.

Gluck, está lejos de ser un inepto, en todo caso. Antes dirigió Fired Up! (2009) y Rumores y mentiras (2010), dos cintas muy por sobre el promedio de la industria actual. La primera, en una suerte de homenaje a Una eva y dos adanes (1959), era una comedia sobre dos tipos en el colegio que deciden cambiar el equipo de football por el de cheerleader para tener incontables mujeres a su alcance. Cómica, liviana y bien armada, funcionaba en lo que prometía. La segunda era una abierta versión de la Letra Escarlata, donde una chica virgen comienza a sacar ventaja de los rumores sexuales que corren sobre ella en el colegio. De nuevo, sin ser Ciudadano Kane, la cinta lograba acertar sobre el poder de la mentira o de la ficción, según cómo se crea.

Pese a lo pedestre de su estilo, en Amigos con beneficios, Gluck logra acumular emoción sobre sus personajes. Hay calidez en la manera en que se relacionan, hay comprensión por los defectos del otro, se alcanzan a vislumbrar algo de lo que pasa tras sus ojos y lo que pase con sus destinos termina por importarnos, lo que significa que respetamos a quienes vemos en la pantalla. Cuando la comedia romántica ha resultado un género tan sobreexplotado en los últimos 20 años, ver una que se tome el trabajo de tomar en serio tanto a su personajes como a su público, resulta refrescante.

Amigos con beneficios
Friends with benefits
Dirigida por Will Gluck
Con Mila Kunis, Justin Timberlake and Patricia Clarkson.
Estados Unidos, 2011
109 minutos

Crazy, Stupid, Love

septiembre 17, 2011

Steve Carell y Julianne Moore como una pareja en crisis.

¿El amor es más fuerte?

(Publicado en Artes y Letras, el 21 de agosto, 2011)

¿Somos lo que parecemos? Quizás estamos más determinados por nuestro aspecto físico de lo que estamos dispuestos a reconocer. ¿Las largas piernas de Cameron Díaz, su melena rubia, su figura perfecta, su sonrisa-derriba-murallas no han tenido acaso una injerencia directa en que se haya convertido en un actriz juguetona, sexy, divertida y liviana? Una actriz tanto o más guapa, de su misma generación, como Gwyneth Paltrow, más pálida, más más flaca y débil, de ojos menos pícaros, ha optado, en cambio, por roles más introspectivos, melancólicos, trágicos. ¿O es nuestra personalidad la que adapta nuestro físico a sí misma? Uno tiende a creer en la preeminencia de lo físico, porque es más difícil de modificar, porque es lo que la gente primero ve de uno y, por lo tanto, determina la manera en que uno es tratado, lo que a su vez determina la forma en uno se entiende a sí mismo. Ahí está Steve Carrell, por ejemplo: el próximo año cumple cincuenta y aún tiene cara de buen tipo, de hombre bonachón, tranquilo, muy en el promedio, ni muy feo ni muy aventajado, medio invisible de lejos, simpático y vivo de cerca. No es casualidad que sus roles cinematográficos hayan estado entre el bobo (Súper agente 86 y Una cena para tontos) y el hombre común, perno, sometido a tensiones sexuales para las que no se siente preparado (Virgen a los cuarenta; Dan, un tipo con suerte; Una noche fuera de serie). Loco y estúpido amor, estreno de esta semana, viene a sumar una pincelada más a este último retrato, que tiene mucho de entrañable, porque al final todos los hombres nos sentimos, en determinado momento, sin las herramientas adecuadas para manejar las tensiones a las que nos sentimos sometidos.

En Loco y estúpido amor, Carrell es Cal Weaver, un marido bonachón, padre de tres hijos, con un trabajo anodino en una corporación que sin embargo le permite tener una casa en los suburbios, con un bonito jardín que se esmera en cuidar. Las zapatillas que usa con dockers revela que no es un hombre precisamente excitante, pero se le ve tranquilo con sus 25 años de matrimonio, hasta que su mujer, Emily (Julianne Moore), mientras conversan sobre qué postre pedir en un restorán, le suelta a bocajarro que quiere el divorcio. Luego, en el auto, le cuenta que se ha acostado con un compañero de oficina. Cal no quiere –no puede– escuchar más y se baja del auto mientras está andando. Comienza, entonces, su larga caída. Son los primeros cinco minutos de la cinta.

El guión de Dan Fogelman, que básicamente ha escrito películas para Disney, es apretado, cómico en algunos momentos, contiene más de alguna sorpresa algo forzada y varios convencionalismo gastados, que se manifiestan sobre todo hacia el cierre de la cinta (más sobre eso en un momento). Con todo, deja espacio para la caída de Cal, que se mueve a un departamento pequeño y trata de pasar sus penas en un bar donde las mujeres no lo consideran ni por asomo. Hasta que el siempre bien vestido Jacob (Ryan Gosling), que en el mismo bar levanta mujeres como quien cosecha hongos después de la lluvia, decide apadrinarlo y volver a conectarlo con su masculinidad. La cinta, dirigida por Glenn Ficarra y John Requa (I love you Phillip Morris), no cumple, sin embargo, lo que hasta ahí promete. La mentada búsqueda de la masculinidad se reduce a comprar ropa nueva, un nuevo corte de pelo, un poco de gimnasio y a aprender a levantar minas en el bar. En el intertanto, Cal reconoce que extraña a su mujer y a su familia, y mediante el refuerzo de historias paralelas, la cinta traslada su energía hacia el ideal del amor único, incondicional, que nace del encuentro con el alma gemela. Es un ideal romántico, conmovedor en muchos sentidos, una ilusión –utópica o no– que no deja de tener su encanto, pero al plegarse a él de manera tan incondicional, la cinta pierde buena parte del filo que mostró en un principio y, peor aún, se permite escabullir los verdaderos problemas que llevaron a Cal y Emily al quiebre, que ciertamente van más allá de su infidelidad. Pese a los enredos, a las muchas cosas que suceden a lo largo del relato, la cinta insiste en mantenerse opaca en esta materia, al punto de hacer inconscientes a a Cal y a Emily y, de pasada, a la película misma. Si uno está dispuesto a tragarse esta rueda de carreta, la cinta sin embargo ofrece algunas observaciones interesantes, dolorosas y a veces crueles de la mano del personaje con el que Steve Carrell ha tenido la lucidez de insistir.

Loco y estúpido amor
Dirigida por Glenn Ficarra y John Requa
Con Steve Carell, Ryan Gosling, Julianne Moore y Kevin Bacon.
Estados Unidos, 2011
118 minutos.

Sobre The Hurt Locker

marzo 9, 2010

The Hurt Locker fue, con una extraña justicia, la cinta más premiada en la última entrega de los premios Oscar. Este el comentario que publiqué sobre la cinta, en el Artes y Letras, de El Mercurio, del domingo 21 de febrero:

“Vivir al límite”

Hombres bajo mucha, mucha presión

Por Ernesto Ayala

Suena un poco extraño decirlo de esta manera, pero “Vivir al límite”, de Kathryn Bigelow, nos recuerda lo buena que puede ser una buena película de acción. A su lado, las grandes producciones de los últimos años se sienten fofas, infladas a punta de efectos especiales, de situaciones fantásticas, de emociones de consumo rápido para adolescentes. La cinta sigue de cerca una brigada de soldados estadounidenses que desarma bombas en Bagdad. Es uno de los trabajos más peligrosos del mundo y, en un recurso cinematográfico clásico pero que no por eso deja de ser por eso efectivo, la película nos recuerda los riesgos a que se exponen los personajes en la primera secuencia. A partir de ese momento, claro, estamos esperando a ver qué sucederá en la próxima. La brigada está compuesta sólo por tres especialistas: Sanborn (Anthony Mackie), Eldridge (Brian Geraghty) y James (Jeremy Renner). Sanborn es hábil, responsable, juicioso y se ajusta al protocolo, porque cree que ofrece las mayores protecciones para sobrevivir. Eldridge es el más joven, el más temeroso y sensible. James es fuerte, duro, arriesgado y muy hábil desarmando bombas. También es, por supuesto, el centro de la película y un auténtico misterio: no le gusta usar el robot para detonar bombas, el traje de kevlar tampoco le acomoda mucho y odia ajustarse a protocolo si eso interviene con su concentración y trabajo. Ha desarmado más 800 bombas, pero lo hace a su manera. Sin embargo, pese a ser un cowboy, una especie de genio solitario, también puede ser paternal con Eldridge o encariñarse con un niño iraquí que vende DVDs. ¿Por qué es como es? ¿Por qué al acercarse a una bomba que puede estallar en cualquier segundo siente excitación en lugar de miedo? El no lo sabe, a nosotros sólo nos queda especular.

La cinta, escrita por Mark Boal, un periodista del New York Times que estuvo en terreno investigando a estas brigadas, no cae en la trampa de imaginar un único enemigo, a quien el equipo trata de perseguir o atrapar. Se limita, en cambio, a sumar secuencias del trío, según los días pasan y Sanborn y Eldridge se muestran cada vez más ansiosos porque llegue el final de su asignación a la brigada. Esta estructura, suelta, episódica, sin una narración estrictamente aristotélica, le acomoda a Bigelow, cuya interesante pero irregular carrera, demuestra que es una directora de nervio, con buena garra, aguda, pero muy dependiente del guión que tiene entre manos. En esta ocasión se suma al estilo “documental” tan en boga hoy, con mucha cámara en mano, uso de la luz natural, bastante corte, en la búsqueda de entregar un efecto realista. Lo logra sobradamente, y gracias a esta incuestionable verosimilitud, la cinta mantiene un persistente suspenso. El real enemigo de los personajes es el tiempo, un tiempo que no pasa lo suficientemente rápido como dejar de una vez el infierno al que se enfrentan día a día.

“Vivir al límite” –“The hurt locker”, en su título original–  y “A serious man”, la película de los hermanos Coen, son posiblemente los mejores títulos entre las postulantes al Oscar de este año. Eso no quiere decir que la cinta de Bigelow sea una joya a prueba de balas. Ella omite, explícitamente, todo comentario político, y esto se siente algo arbitrario cuando todo sucede en una guerra tan cuestionada, bajo todo punto de vista: militar, estratégico, político y económico. Para ella, esta guerra podría ser cualquier otra, y su interés está en el efecto que provoca en los hombres y en su virilidad más que en otra cosa. ¿Qué es lo que se tuerce en un hombre cuando vive y trabaja bajo ese nivel de presión? Esa parece ser la pregunta que tras la acción de la cinta. Es una pregunta válida, pero quizás no es la pregunta que más nos intriga cuando pensamos en Irak.

Vivir al límite

Dirigida por Kathryn Bigelow.

Con Guy Pearce, Ralph Fiennes, Jeremy Renner

Estados Unidos, 2008

131 minutos